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hallaba persona digna de tan delicado obsequio como lo era el racimo de la abuela, no hay que dafiar a prójimo. -Manque se pasen, manq ie los pájaros las traguen naide toca hogaño ala parra si no hallamos quien mere ga comerse el primer racimo en memoria de nuestra santa abuela. Dijo Faustino, que teñí apuesto, tan gran fervor para hablar lo que sentía, que tal vez por esto solían salirle toscas y resquebrajadas las palabras. No crean que porque su decir era burdo, su pensamiento era obscuro ni su corazón dejaba de tener mucha lumbre de amor siempre encendida. II Al abrir no hace muchos días la puerta de la casa porque ladraban furiosainente los perros del corral, halló Faustino sentado en un canto cerca de la parra á un mal fachado y raído que miró á mi hermano con ojos lastimeros, como miran los mendigos- ¿Qué quiere, amigo? preguntó Faustino. ¿Pan? Teresa! gritó mi hermano. Baja pan para un buen hombre. Yo asomé el hocico por la puerta, y ¡claro I como ya ando en latín y retórica, soy estudiante y poco me faltaba ya para volver al seminario, tengo otros modos, y hablé al hombre con más aquél y otra prosa. Nada contestaba; pálido más que un difunto, y tan flaco tan flaco que daba miedo. Tenía una angustia en los ojos como si la agonía última le estuviera apurando y fuera ya á apagársele la vida en el cuerpo. Bien que los bigardos y los vagabundos mendigos saben hacerse los enfermos que engañan al más avisado. Fijaba los ojos en el racimo, en el racimo de la abuela. Para ti está I me dije yo. No será mayor tu hambre que tu golosina cuando no quitas el deseo de lo alto de la parra. Vestía un raído y recio chaquetón que le venía grande y unos pantalones sucios, y llevab. i la cabeza envuelta en un pañuelo y cubierta por un ancho sombrero de paja. Apenas podía hablar, y con una voz ronca y débil. ¿Va de camino, buen hombre? preguntó Fermín. -A Navas de Oro, dijo. -De aquí á un cuarto de legua. ¡Si llego! Confío en Dios. Llegar Uvas, dame uvas exclamó con voz lamentosa. El sediento no pide agua con mayor afán que el hombre aquél mostró en sus palabras. Entonces Teresa, la gallarda y hermosota Teresa, nuestra hermana, por brusco y enérgico movimiento se puso de puntillas y saltó y arrancó de un tirón el racimo de la abuela y lo puso en manos del pobre hombre. -Gracias, gracias. De mi tierra! De la parruela de Casa- Ermita dijo. Entonces fué cuando á Teresa la dio como un desvaí do ó mareo de cabeza y fuésela la vista, y si no se echa á coger á la moza mi hermano Fermín, cae al suelo. Luego rompió á llorar y á llorar, y nos dijo: -Es Antonio Antonio No le habernos conocido... no le conocéis es Antonio ¡Antonio! ¿A qué decir que era el novio de Teresa, si es sabido? ¿á qué decir que volvía de la guerra? Para él, que no había hallado después de tanto heroísmo si no impíos é ingratos, fué el raciino de la abuela y va recobrando salud y pronto será mi hermano. ¡Así el Señor lo haga y la Santísima Vir ar. -gen del Cubillo! JOSÉ Z A H O N E E O DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA r- -i. t Hit, -yy J s r