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ración de los hornos y al punto de cocción. La práctica más que el ingenio, y la rutina más que la destreza, forman la escasa parte intelectual de esta industria, cuyo único mérito es el que tienen también la industria de los castores, de las abet j a s y de las arañas; su invariable igualdad al través de los tiempos y de las edades. Modestos castores y laboriosas abejas, estos artífices de Aleorcón trabajan sin cesar, más contentos cuando más agobiados de quehacer, porque eso prueba que la demanda es mucha y que la cacerola de hierro no ha logrado todavía expulsar de los hogares á la olla de barro, al puchero de tierra, símbolo de la alimentación EXAMBN DE LAS PIEZAS nacional y emblema de nuestra educación política en tiempo de elecciones. Fuera del pueblo, junto á los desmontes de roja arcilla que constituyen la primera materia, se elevan las sencillas construcciones de los alfareros, sus viviendas, que son á la vez almacenes del producto elaborado, sus hornos siempre encendidos, sus talleres al aire libre, donde las piezas recién moldeadas van perdiendo á los rayos del sol el tono obscuro que les dio la humedad. Los más rudimentarios aparatos de tornería sirven para dar forma regular á las vasijas; pucheros, cacerolas, tarteras y barreños salen de manos del artífice en menos tiempo del que se emplea en contarlo, y luego en un par de pellizcos cátate hechos el asa del cacharro y el botón de la tapadera. Plácida y agradable impresión. se saca de estas BXPOETACIÓN alfarerías cuando se las contempla al huir de la corte. Su fácil y primitiva labor no obliga á esfuerzo intelectual ninguno por parte del visitante; sus mismas modestas proporciones, la sencillez del producto elaborado, los fines prácticos y vulgares á que se destina, todo parece atraernos hacia el terreno práctico y positivo de nuestra pobreza, invitándonos á que dejemos de una vez los idealismos y las ilusiones en que hemos vivido hasta aquí. Atengámonos á nuestras fronteras y á nuestros pucheros. Pensemos, uniendo la cerámica á la historia, que lo único que nos queda en puridad son las cazuelas y pucheretes de Alcorcen, y que ya no poseemos la fórmula de aquellos reflejos metálicos de los platos hispano- árabes, ni de los finos y múltiples colores de la loza talaverana, ni de los alardes y primores de la porcelana del Buen Retiro. Triste es confesarlo, pero hay que convenir en que la operación de hacer pucheros es obra nacional lo mismo entre los alfareros de Alcorcen que entre los desorientados políticos de la corte. Sencillos y frágiles como las cazuelas, vamos á pagar en París, no nuestra culpa, sino nuestra debilidad y pobreza, porque ya lo decía Sancho Panza: -Dé el cántaro contra la fuente ó dé la fuente contra el cántaro, siempre es el cántaro el que se rompe. LUIS BERMEJO ELECCIÓN DBL GÉNEEO Fotografías Lépez del Arco