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TEATRO DE LA VIDA (CASI- MOSÓLOGO I) K UNA TAEDE DE INVIEENO) PERSONAJES D. JUAN ALVASBZ DE CAMEROS, Presidente del Consto de Ministros. FELIPE, Niño de seis años nieto suyo. tes ni alcanzan mucho, pero han resistido, eso sí, mie ntras no se derribó el mundo sobre ellos. Y qué, ¿qué brazos humanos contendrían el derrumbamiento de una montaña? ¿Los brazos de mis herederos? (Sonriéndose hwrlonamente. De mis herederos! Infelices herederos míos son mancos! Ea! ¿y á qué tanto mortificarme por su causa? El sol luce todavía en el cielo; la gente circula alegre y tranquila por la calle, y yo vivo a i, y aún soy el jefe! Tengo un poco de frío, eso es todo. No T JUAN ALVAEBZ DK CÁMBEOS (hablando desde la puerta de su despacho) -Le suplico á usted, amigo Ansú- frío trágico; frío prosaico, frío burgués que combatirá el lez, que me niegue á todo el mundo No quiero ver á na- fuego de la chimenea. (Se sienta en una butaca al lado de ésta. Qué hermosa es la llama que todo lo consume! die. (Como respondiendo. No, no estoy malo; cansado viejo. Al regresar de paseo sentí de pronto un escalofrío. Chisporrotea como un tribuno en la oposición, y alza Pasó. No fué nada. Que no se le escape á usted la noti- después sus fulgores victoriosos como si alcanzara el cia. Tienen algunos eefiores tantas ganas de heredarme! poder. Llama, nos conocemos; hemos luchado juntos Mil gracias, Ansárez. Hasta luego; llamaré si algo nece- muchas veces! Mirándote á ti pasan por delante de mis sito. (Cierra la puerta, avanzando lentamente hacia el bal- ojos todos los recuerdos y memorias de esta larga vida mía, tan larga sobre todo para la impaciencia de mis hecón próximo á la mesa de despacho) (Algunos señores heredarme! ¡Bah! Buen provecho por la herencia. Cuán- rederos! Y no creáis, ambiciosos colegas, futuros poseeto más vale la alegría de esa gente que pasa por la calle, dores de un poder que os imagináis tembloroso en mis que este puesto mío que tanto ambicionan! Hermosa manos temblonas, que entré esos recuerdos elijo, para retarde de invierno! Ese cielo azul, ese sol esplendoroso vivir con él, éste de un triunfo tribunicio ó el otro de un compensan de tantas desgracias I La gente se desparra- éxito político. No; ¿qué valen esas glorias inciertas que ma satisfecha por las calles y paseos de la población. tanto ambicionáis vosotros? Recuerdo que allá en mi juUnos van á los novillos, otros á los teatros ¡Gran cosa ventud, recién salido de las aulas, fui modesto y desconocido á la capital, tan modesta y desconocida como yo, es gobernar á un pueblo que se divierte! ¿Diveitirse? de una provincia lejana. Pueblo era aquél como una no todos! (Pausa. Les vi, ¡pobrecillos! al volver de estrofa del Romancero. La vetusta catedral en lo alto; paseo. A pesar de ese hermoso sol, el viento corta. En el hondo río al pie, y la leyenda heroica por horizonte. sus caras enflaquecidas se eslampaba la anemia; pare- No es cosa extraña que yo allí me sintiese un poco poeclan dos viejos; tendrán veintidós ó veintitrés años. Iban ta, yo que de poesía no sé más que las coplas que á los vestidos con ese horrible traje que ya no han de volver mozos lugareños les inspiran el amor y el vino. El amor á usar nuestros soldados, y aunque les bañaba el sol, pudo obrar también coamigo el milagro. Enamorado de creí verles temblar de f tío. Yo también tembló de pronto una mujer hermosa, hice versos para disputar la flor nacomo ellos. Podrán descargar sobre mí mis enemigos tural en un público certamen y ofrecerle con ella á mi todos los golpes de su pasión ó de su odio, pero ay! las adorada el título de reina de la fiesta. Allí en aquella esdesdichas de la patria me pesan más que los años. Dicen condida capital, hií- e yo versos muchos versos. Una que yo soy el causante de todas. Pobre de mí; no oda. Una oda á la Libertad; el tema para la flor natural llega mi poder á tanto! Ni para la felicidad ni para la desdicha tengo más brazos que éstop. No son muy fuer- era de elección libre. Despacho (flcial de D. Juan Alvarez de Cameros. Muebles suntuosos. Betratos al óleo en las paredes. Una araña magnífica pendiente del techo. Chimenea encendida. Mesa ministro cubierta de papeles; entre éstos la copia de un Beal decreto de la Presidencia. Son las cuatro de la tarde de uno ¿le los primeros domingos de invierno.