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-Parece mentira que en tres ó cuatro meses hayamos perdido toda esa inmensidad. -Y diga usted, amigo mío, ¿no es mucho mejor que lo hayamos perdido en tan poco tiempo? Si en vez de ser rápida la contienda hubiera sido larga y eriipeñada, ¿quién hubiese quedado para contarlo? ¡Adiós Guba, perdida para siempre! -Y gracias á Dios, puede usted añadir, porque estamos en el caso de aquel marido burlado que dijo en vez de incomodarse: ¡Pobrecillo! buena alhaja se lleva! -Voló Puerto Eico en un abrir y cerrar de ojos. Ojailá hubiera volado Cuba de ese modo! ¡cuánta sangre ahorrada I- -Y lo de Filipinas, ¿no clama al cielo? -No, señor, no clama; ¿qué más da que hoy se lleven el Archipiélago los yanquis, si al cabo y al fin habían de llevárselo, ora mañana los alemanes, ora pasado mañana los japoneses? -Pero esto de ahora no tiene precedentes. ¡Vaya si los tiene! Los atropellos á España tienen precedentes por donde quiera que abra usted la Historia. Cuando traíamos oro de América, nos lo robaban en alta mar los piratas ingleses y los corsarios de Holanda; en nuestras colonias y en nuestras fronteras entró á saco todo el que quiso; hoy arramblan con todo; ¡bueno! pues déjelos usted; ¡peor para ellos! El bandidaje internacional se queda sin su mejor parroquiano; la ambición de los opulentos ha cometido la torpeza de retorcerle el cuello á la gallina de los huevos de oro. -El tío Sam nos lo quita todo. -Riámonos de él, como se reía Diógenes de Alejandro; ¡mientras no nos quite el sol! -Su tranquilidad de usted me indignaría si me quedaran ánimos para indignarme. ¿No le asusta á usted el problema de la deuda de Cuba? ¿no es para asustar á toda la nación? ¿A la nación? ¿por qué santo? ¡Que se asusten sus acreedores! -Europa entera nos tiene lástima. ¿YíCÓmo no, si el afligido continente de usted y sus palabras lastimeras parecen las de un humillado mendigo? Ríase y considere que pues ya no podemos estar peor, claro es que vamos hacia la mejoría. A mal tiempo, buena cara; á mal dar, tomar tabaco; á pan duro, diente agudo. -Se nos repartirán como á Polonia. -No sea usted tonto; cuando no se nos han repar r j J Lt tido en tantos siglos como llevamos de desgracia, puede usted creer que ya no se nos reparten. -Pero moriremos de inanición; núes, tra pobreza ha llegado al colmo. ¿Qué está usted diciendo? No llame usted pobre á un país donde todo se paga más de lo que vale. Para ir á los toros pagamos al revendedor; para ir al teatro pagamos la contaduría; para vestirnos y calzarnos con lujo pagamos sin chistar el sobreprecio de los cambios, y en la estación, en el café, en el coche y en la acera tenemos siempre á mano la indispensable propina ó la limosna inevitable. ¿Por dónde vendrá la salvación? -Donde menos se piensa salta la liebre. -Lo peor es que ni altos ni bajos, ni chicos ni grandes, tienen esperanza alguna en nadie ni en nada. -Profundo error. ¿Olvida usted que es éste el paíi de la lotería? ¿cómo se atreve usted á decir que no hay esperanza? -Va usted á hacerme perder ¡a paciencia, mi querido amigo. -Ahí tiene usted; ese es el único y verdadero peligro que veo en España. -De modo que entretanto- -Entretanto hay que ser más filósofo y nienos poeta. Ya dijo el estoico que la vida no era más que un puchero puesto á la lumbre. Todo consiste en coger siempre el puchero por donde no quema. LUIS E DiBrjos BB OIIJLA VILLANOVA