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L BCTOEAs, esto va mal; la situación es muy crítica, y todo por la política del partido liberal, Urge aquí una solución, y no la tiene Ságastá... ¿Que no hay quien la tenga? Bastí no hablemos de esta cuestión; porque después de dos horas de hablar y de hablar, preveo que regañamos, y es feo regañar con las señoras. Y aún el disgusto podría darse por bien empleado si esto quedaba arreglado mas... I como no quedaría! Cambiemos de asunto, pues, si en departir sois gustosas, y hablemos de vuestras cosas, qué tienen más interés; pues entre tantos enojos como venimos sufriendo, se ensancha el alma volviendo hacia vosotras los ojos, y reanima contemplar que de la antigua grandeza aún queda vuestra belleza, ¡que ya es bastante quedar! Pues bien pudo el vencedor, por su victoria endiosado, habérnosla reclamado, lo cual sería peor. Va en cuestión de pareceres; yo, vencedor, no me achico: pido Cuba y Puerto Eico y Manila, y las mujeres i Ya sé lo que iba á pasar después de tanto pedir: que ni ellas querrían ir ni ellos las querrían dar; pero en fin, no divaguemos con cuestiones insidiosas, y hablernos de. vuestras cosas, lindas lectoras, hablemos. Hace una semana ó dos que el viento del Guadarrama á nuestros pulmones llama con golpedtoa de tos. Ya son más cortos los días; ya el sol apenas calienta; ya el invierno se presenta cargado de pulmonías, que repartirá á granel en la calle, en el paseo, dentro de este coliseo, á la salida de aquél, entre obreros y señores, á cualquiera, en cualquier parte, lo mismo que quien reparte prospectos anunciadores. Supongo, pues qué supongo! sé con la misma certeza que ahora llevo en la cabeza puesto el sombrero y que es hongo, que todas, sin distinción, cada cual como podáis, haciendo la ropa estáis de la invernal estación, y antes de que esté ya lista voy á daros un consejo, que al criterio imparcial dejo vuestro y de vuestra modista. No incurráis en la humorada de haceros esas chaquetas á la cintura sujetas, sin entallar y sin nada, y no despreciéis mi ruego, pues por decir no lo digo: es que eso no es un abrigo, francamente, es un talego que al cuerpo la gracia roba y sus encantos oculta. ¿Sabéis á quiénes resulta- á las pobres con joroba. En las que son como un sable, pase pero en las obesas en esas, vamos, en esas la moda es intolerable. M e s e cuello de cartón que junto al sombrero acaba la Médicis lo llevaba; eso es una aberración sin tanto así de belleza que han cometido las modas, y os ha convertido á todas en mujeres sin cabeza. Ya que he sacado el sombrero á relucir, yo os diría pero el tiempo perdería hablando en balde, y no quiero. No hay fuerza humana que evite que uséis grande el capacete; en la cabeza se os mete, y no hay quien de ella os lo guite. ¡Tendremos paciencia! Creo que no se me ocurre más ¡Ah, sí 1 la manita atrás no es cómodo y está feo. Bueno que con graciSi y arte el vestido os regacéis; pero la mano, podéis colocarla en otra parte. Tales son mis pareceres; de sobra sé que mañana haréis lo que os dé la gana... ¡Al fin y al cabo, mujeres! EL SASTRE DEL CAMPILLO DIBUJO DE X A U D A R Ó