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li tl i ili- u n i r y i i- TI II I r boiiacLu, lij ujitiu, Id luz Jel did pur jas vuii tanas y dijo: -Vaya, señores, yo me voy, que tengo que abrir yo mismo la confitería temprano, y hoy es ya día de trabajo. Mañana dormiré. -íYatnos á acompañarle I gritaron varios socios. Eso sí que no I Lo menos creéis que estoy borracho; ¿no es eso? Yo me voy solo y por mi pie; son las cuatro y media de la mañana; quedarse todos, que voy á empezar mi semana de comerciante y de trabajador; ya nos hemos divertido bastante. ¡Buenos días, caballeros I- -Adiós, Fabián. -Lo siento, Fabián. -iQué importa I Un día se pierde y otro día se gana. Salió tambaleándose, esta es la verdad, porque lo que había bebido en todo el día y toda la noche no es posible calcularlo; pero era duro y resistente al vino como pocos, y parándose de vez en cuando y apoyándose en los portales, iba haciendo sus cuentas y decía: -Veintidós duros por la mañana, doce mil reales de las apuestas, tres mil y pico de duros esta noche Fabián, Fabián, mal día de Pascua hemos echado Llegó á la confitería, abrió las puertas y los escaparates. Tenía costumbre de vivir solo; sus dos dependientes, que eran dos chicos solteros, no venían hasta- las siete; en aquel momento estaban sonando las seis. La calle estaba desierta. A lo lejos se veía venir una carreta tirada por dos bueyes y guiada por un guisan que de vez en cuando decía: ¡AidÁI Y sentado en un poyo, enfrente de la confitería, había un chiquillo descalzo, que así que vio abrir las puertas y los escaparates entró y le dijo á Fabián enseñándole una pieza de cinco céntimos: D e m e usted una perra chica de caramelos. Fabián estaba ya detrás de su mostrador, abriendo los cajones donde guardaba las peladillas, caramelos, bombones y menudencias dulces Al oir a, l niño, sintió como una sacudida eléctrica, y la medio borrachera se le disipó. ¿Y adonde vas tan temprano? -A ayudar á misa. ¿Y quieres cinco céntimos de caramelos? -Sí, señor; hace muchos días que se los estoy pidiendo á mi madre, y me dijo que el día qué me supiera bien la lección me daría una perrica para comprármelos; y ayer y antes de ayer, que eran días de fiesta, me los he pasao estudiando, estudiando, y anoche 9 we ía sttpe y me he levantao temprano pa tener los caramelos; vamos, ande usté, démelos usté, que ya toca la campana de San Vicente Fabián le miraba con los ojos desmesuradamente abiertos, y contaba en silencio los diez mil reales del frontón, los cuarenta duros dé la cena, las cincuenta onzas del monte, mil reales de la sota, mil pesetas del as y el chiquito estaba delante de él con sus cinco céntimos en la mano, esperando, impaciente... ¿Cinco céntimos quieres? exclamó Fabián desencajado- -I Que sí, señor 1- ¡Toma, toma I ¡Toma corriendo! Y metiendo las manos en los cajones del mostrador, le daba puñados de caramelos, de paciencias, de bombones de chocolate, que el chico no sabía dónde meter, y que rodaban por el suelo Y á todo esto, comenzaron á pasar los chicos que iban con su cartilla debajo del brazo á la escuela, que se abría á las siete, y se pararon viendo aquella escena tan rara Y Fabián, sin ver más que á aquél, al de los cinco céntimos, echó á correr y subió á toda prisa la escalera de caracol que conducía al almacén del primer piso, gritando: ¡Espera, voy por más! ¡Espera no te vayas! Y le vieron todos los niños asomarse al balcón y arrojar á cientos, á millares, los caramelos á la calle ¡Oh, qué lluvial ¡qué festín! ¡qué alegría en el corro infantil! Y llovían, llovían sin cesar las golosinas hasta que Fabián, en ün estado de excitación indescriptible, desapareció del balcón y fué á caer sobre, unas sacas de harina que había en un rincón, y allí, mesándose los cabellos y llorando á todo llorar, repetía: ¡Oh Dios mío, Dios mío. Dios mío! EusKBio BLASCO I iji I V Mil. I