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XL X V r. AT AMPIOS x x- t Kjxxxvxxx xi n Í K El confitero del pueblo era muy rico. Es decir, que dada la importancia de la localidad, podía pasar por uno de los ricachones de la que loa naturales llaman villa y tiene sus ocho mil habitantes, mal contados. K CÍ Y era un hombre suelto, sin padre ni madre, ni mujer ni hijos; por consiguiente, triunfaba y gastaba y se daba la gran vida. ¿Por qué no? Heredó su confitería muy acreditada, y con. ella toda la fortuna de su padre: en total treinta mil duros, que el bueno de Fabián iba derrochando alegremente. Meriendas, partidos de pelota, comilonas en la trastienda con diez ó doce amigos, y por las noches en el Casino á jugar al monte y á gastarse quince ó veinte duros en cenar, y ¡viva la Pepal ¿Qué se ha de hacer en una población donde no hay más diversión que una corrida de novillos el día del santo, ó de vez en cuando algún prestidigitador con sonámbula en el café de la plaza? La fortuna iba á menos, pero los azucarillos y las yemas y los platos montados y los bizcochos, y todo eso, dan mucho de sí. Fabián no le debía nada á nadie ni tenía mujer que le regañara, y por cima de todo esto, le tenía loca afición al libro de las cuarenta hojas. Algo se quejaban de su falta de caridad, y alguna vez se lo dijo el cura. Pero el cura ignoraba sin duda que todos los jugadores son roñosos. Se dejarán en el tapete verde miles de duros, y luego regatearán dos reales con un cochero. Fabián era de los que decían á los pobres que le tendían la mano: -IA trabajar, á trabajar! Y á la media hora tallaba veinte onzas y no le importaba perderlas. Un día el segundo de Pascua era, los amigos del confitero le sacaron temprano de casa. Había que armar una, como decían ellos. Por la mañana, á estrenar un carricoche; á almorzar al campo, á la posada de la Chata, donde ya tenían preparado de cuanto Dios crió, y venga comer hasta las tres de la tarde I Luego al partido, que iba á ser muy reñido, y en el cual hubo apuestas hasta de diez mil reales. Fabián perdió tres mil y pico de pesetas. jQué importal Vamonos al pueblo á buscar dinero y á que nos hagan un cordero con alcachofas en el Restaurant del Águila (que era el Fornos de la villa) Y todo el que quiera comer cordero, ¡que venga! I No habían de irl Como moscas acudieron más de veinte gorrones. Hubo lampernas, y musoullus, y una merluza más grande que el ama de la casa; la sidra corrió á ríos; y cuando se presentó el cordero, que hubo que servirlo en un barreño de colada, se le hizo una ovación y tuvo que venir la cocinera á recibir los aplausos; y trajeron un vino que estaba guardado en la bodega desde el año en que murió Fernando Séptimo, que aquello era néctar y tiunbó por el suelo á seis ó siete de los presentes. Y venga cantar zortzicos y vaciar botellas... ¡Una cosa hermoso! como decía el amo. Fabián gozaba con estos derroches, y así que estuvo bien templado dijo: -Vamonos al Casino: voy á tallar cincuenta onzas, ¡y hasta las cinco de la mañana! Y salieron por las calles cantando y despertando á los vecinos, y al Casino se fueron y armaron la timba en seguida. ¡Qué jugar! ¡qué perder! El confitero no tenía término medio. O se llevaba en media hora el dinero de todo el mundo, ó se estaba sentado ocho horas perdiendo miles de duros. Se consolaba bebiendo vino. Y aquella noche la suerte le era contraria, y perdió treinta mil reales que traía en la cartera, y mil duros que fué á buscar á su casa, y tres mil pesetas que le prestaron ¡qué sé yo! Aquello fué un desastre