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¿Ha venido por aquí una viejecilla muy limpia y muy alegre que se llama doña Eduvigis? preguntaba San Pedro. -No, señor, le respondían. Aquí no ha entrado nadie que esté tan limpio como ella, ni tan alegre tampoco. San Pedro, no fiándose de tales respuestas, revolvió todo el Purgatorio, mandando apagar un instante las gigantescas llamas para que la viejecilla no pudiera quedar oculta entre ellas; pero no la vio, á pesar de tantas precauciones y pesquisas. Decididamente no estaba allí. ¡Buena la hice yo por no mandarla el angelí repetía apesadumbrado el apóstol, mientras los abrasados pecadores le declan: ¿Por qué no manda usted apagar otro poquito las llamas, para que la busquemos mejor? ¡En suma. Señor, que Doña Eduvigis no parece! exclamó San Pedro llegando de vuelta del Purgatorio á la presencia de Dios. ¿No dices, Pedro, que le gustaban tanto los niños y el agua fresca? -Sí, señor; un verdadero delirio. ¿Hay algún manantial en el camino del cielo? -Que yo sepa, no hay ninguno. ¿Manantial de agua, ó manantial de cariño? -Nada, no Señor; no recuerdo que haya camino del cielo más que el Limbo; ¿pero á qué persona de edad se le va á ocurrir meterse allí? Una inefable sonrisa vistió los divinos labios, y después el Señor dijo: -Búscala en el Limbo, Pedro, que ese es el manantial. Y efectivamente; apenas abrió San Pedro las débiles puertas del Limbo, menos resistentes aún que las de un aprisco de ovejas, oyó entre las infantiles carcajadas de las innumerables criaturas albergadas allí una voz gangosa que decía: -Ahora jugaremos un rato á las tabas, y otro rato á escondernos luego. i- jií y i í r San Pedro no volvía de su asombro. ¡Una persona de edad como doña Eduvigis, que tenía un puesto tan digno y respetable en el cielo, jugando á las tabas con las criaturas del Limbo I 1 Pero señora! le dijo apenas la divisó. Y no pudo decir más. I Cómo estaba doña Eduvigis I ¡Ella, que jamás había tenido una mancha en su vestido, bueno se lo hablan puesto los inocentes I Pringue de caramelos, manchones de babas, ¡un verdadero horror! ¡Y qué especie de felicidad resplandecía en su rostro! en su rostro, que corriendo igual suerte que el vestido, conservaba profusas huellas de los infantiles labios que estamparon sus besos en él. -Pero, señora, repitió con nuevo aliento el apóstol apartando dos ó tres criaturas de las que rodeaban á doña Eduvigis, ¿le parece á usted esto bien? ¿Oree usted ni medio regular siquiera que mientras la busco á usted poi todas partes y voy por sii causa con embajadas al Señor, se nos esté usted aquí jugando á las tabas con estos mamoncillos? Ea, levántese usted, y váníonos rezando un rosario por el camino al cielo. ¡Al cielo! respondió toda confusa doña Eduvigis. ¿Pero no es éste el cielo? ¡Qué ha de ser, señora, qué ha de ser! ¿Pues qué es ésto? preguntó la infeHz solterona mirando con maternal afán á todas las criaturas, que estaban acobardadas á su alrededor. -Esto, señora, es el Limbo. ¿De dónde ha sacado usted que pudiera ser el cielo? Doña Eduvigis se puso primero muy encarnada, después dobló la cabeza, y respondió con voz muy queda y temblorosa: -Creí que era el cielo porque aquí me llamaban madre. San Pedro, pescador al fin de hombres, comprendió la inmensa copia de cariño maternal, oculta y estéril tanto tiempo en el alma de la solterona, y enmudeció. Y cuando salían del Limbo, entre las lamentaciones de las criaturas, que agarrándose á las faldas de dofia Eduvigis le decían con cariñosas y suplicantes voces ¡Madre, no te vayasl en los ojos de la viejecilla temblaba ima lágrima, esa hermosa lágrima que tiembla en los ojos de todas las madres que se van al cielo. DIBUJOS DK MÉNDEZ BKINGA JOSÉ DE B O U E E