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DE LA TIERRA AL CIELO La conocí cuando tenía más de setenta años. Era doña Bduvigis una viejecita muy arrugadilla y apergaminada, pero muy pulcra y muy decidora. Jamás se vio una mancha en sus vestidos, y á pesar de su genio alegre y dicharachero, nunca mancharon su lengua la murmuración ni el sarcasmo. Era, en suma, limpia de cuerpo y limpia de alma, vieja por fuera é infantil por dentro, devota sin llegar á heata, generosa sin caer en pródiga, y sama de corazón, como lo demostraba su entusiasmo por los niños. Solterona impenitente- -no sé si por propio propósito ó por desvío ajeno, -en cuanto veía un niño se llenaba su alma de maternidad; que de otro modo no sabría yo cómo expresarlo. Relucían sus ojos con claridades de cariño, se endulzaba su voz con maternales acentos, y hasta sus míseras arrugas cobraban esa dignidad que tienen las arrugas que hemos visto en loa rostros de nuestras madres. Doña Eduvigis, como todos la llamaban en el barrio, sin añadir apellido ni despegar nunca el nombre del respetuoso tratamiento, era, en fin, una viejecilla muy simpática, que adoraba los niños y el agua fresca, y conseguía la estimación y el afecto dp cuantos la trataban. Pues á pesar de tan excelentes cualidades, la pobre doña Eduvigis se murió tranquila y limpiamente, sin que la administraran potingues ni le aplicasen emplastos; se murió de pronto, después de haber bebido un vaso de agua como para despedirse de lo mejor que hay en el mundo, ó por lo menos de lo que ella tenía en mayor estimación y había hecho uso más frecuente durante toda su larga existencia. Y cuando llegó al cielo la noticia de la muerte de doña Bduvigis, dijo San Pedro: -A esa buena señora no hay que mandarle un ángel que la acompañe hasta aquí, pues de seguro que se sabe el eanúno. Y como por entonces tenía muchas cosas de qué ocuparse el celestial portero, no volvió á pensar en doña Eduvigis. Efectivamente; la simpática viejecilla, desvaUda de ángel que la guiara, subía por las regiones etéreas sin dudas ni apresuramientos, sin asombros ni temores, rezando y hasta tosiendo discretamente entre oración y oración como en el mundo solía. Pasado bastante tiempo, San Pedro, que se acordó repentinamente de ella, le preguntó al ángel que hacía la guardia en el cielo: ¿Ha llegado ya doña Eduvigis? -No, señor, le respondió inclinándose el ángel. ¡Es extraño! Aunque bien considerado, á su edad todos los caminos son largos. En ñn, en cuanto llegue, ábrele la puerta y ven á decírmelo para que se lo avise al Señor. Transcurrió otro largo lapsa de tiempo, y San Pedro, ya impaciente, volvió á preguntar: ¿Pero no ha llegado todavía doña Bduvigis? -No, señor; todavía no ha llegado. ¿Pues por dónde andará esa alma de Dios? ¿A que se nos ha metido en el Purgatorio? Ea, asómate un poco á ver si la distingues por el camino. ¡Esto de que no haya de poder un santo fiarse ni de su sombra I ¿La vea ya? -Nada veo. -I Cerrojos I Esto ya pasa de la raya. Voy á contárselo al Señor. Y llegando San Pedro á su augusta presencia, dijo: Señor, que se nos ha perdido un alma! -Muchas se nos pierden, Pedro, en los caminos del mundo. -I Pero si ésta se nos ha perdido en el del cielo! ¿Orees que la tentación no acecha á los hombres aun en ese mismo camino? ¡Pero sí lo que se nos ha perdido era una viejecilla incapaz de pécari ¡La buena de doña Eduvigis, que no tenía, salvo el amor divino, otro amor que el de las criaturas y el agua fresca! -Pues bien, búscala, Pedro, que ella parecerá. -Al Purgatorio iré, Señor, á buscarla, porque en él debió meterse por equivocación. Y después de inclinarse tres veces ante el tronó de Dio salió del cielo San Pedro camino del Purgatorio. La jornada no es larga y el camino es buenoi Todo él se reduce á un hermosísimo puente de un solo arco que arranca de las puertas del Purgatorio y remata en las mismas puertas del cielo. Lo construyó la Esperanza; su fábrica es hermosísima. En el Purgatorio fué acogido San Pedro con aclamaciones de la más intensa alegría. ¡Cómo le miraban á las llaves todos los que allí esperan la remisión de sus culpas 1