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DONA INÉS Todos los afios, en cuanto Noviembre asoma su cara pelada y triste por el calendario, desperezase del largo sueño el audaz Tenorio y vuelve á emprenderla por esos escenarios con viejas y doncellas, burlando justicias y ladrones. Como decía un gitano al oir el sermón de Pasión que predicaba un cura en Sevilla: Sucede lo mismo que el año pasado Por el Tenorio no pasan días; públicos y generaciones distintas admirarán siempre la espléndida fantasía del poeta que supo poner en boca de un rufián aventurero como don Juan delicadezas y ternuras exquisitas. Y es que en el Tenorio palpitan toda clase de sentimientos; el Tenorio es popular porque es cosa nuestra, trasunto fiel de la raza. Pendenciero, cortejador de doncellas, camorrista, enamorado, escéptico, creyente, generoso, espléndido en el vivir, es la mejor encarnación de la leyenda. Después de D. Quijote, es seguramente el carácter de Tenorio el que mejor ha encarnado en los sentimientos y tradiciones nuestras. Pero bastaba á lo imperecedero de la obra, ya acrecentada por el audaz sevillano, la figura de Doña Inés, tan delicadamente tierna, tan bien sorprendida en sus candorosos amores. Matilde Diez, como la inolvidable Teodora Lamadrid, deben á Doña Inés aplausos y gloria. Más tarde Elisa Boldún remozó con su talento los inmarcesibles laureles alcanzados por aquellas dos grandes figuras de nuestro teatro, y ha sido Elisa Boldún, para todos los que tuvieron la fortuna de verla y admirarla, una Doña Inés insustituible. Había en la Boldún inflexiones y acentos tan sinceros, se dibujaba en aquella cara tanta inocencia, que nunca pudo soñar la imaginación de D. Juan conquista más va-