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Lo que no aprendamos con el escarmiento de la guerra y con el castigo de la paz, no hemos de aprenderlo por muchos planes de enseñanza que se promulguen en la Gaceta. Como españoles deplorábamos la pérdida de Cuba; como fumadores casi nos alegrábamos. Porque- -decíamos- -cuando los capitalistas y los industriales yanquis tomen por su cuenta las vegas de Pinar del Río, fumaremos mejor, más barato y más abundante que hasta la fecha. Ellos se chuparán buena breva, ¡claro está! mas tampoco serán malas las que nos dejen chupar á nosotros por nuestro tanti qwanti. En esto, como en todo lo que se refiere á Cuba, fallaron nuestros cálculos. Los yanquis piensan fumarse todo el tabaco habano- -y más que hubiera, -y para atender al mercado europeo van á pon r en práctica un medio tan ingenioso como productivo. Consiste en abrir generosamente las puertas de la Gran Antilla á toda clase de tabacos forasteros, para reexpedirlos desde la Habana con las vitolas más acreditadas y apetitosas. Y aúa se dice que las primeras cajas de estos vegueros de ida y vuelta servirán para obsequiar cumplidamente á nuestros comisionados en París. Ya tenemos, pues, al tío Sam metido de hoz y coz, no ya en el golfo de Méjico, sino entre todos los golfos que pululan por ahí recogiendo colillas. Oficio era éste de aquéllos que llamó Fígaro medios de vivir que no dan de vivir Desde hoy será otra cosa. Aprendamos de nuestros enemigos, y aprendan, sobre todo los pequeños industriales del Eastro, de los grandes industriales de las Américas. El emperador de Alemania ha llegado á Jerusalén. No va como cruzado ¡claro está I ni como peregrino, porque eso sería demasiado peregrino, y mucho menos nos atrevemos á sospechar que el infatigable Kaiser, amante de todas las artes y entusiasta por todos los progresos, haya hecho su viaje para proporcionar un asunto más á los empresarios de cinematógrafos. Pero algún intríngulis tendrá de seguro el viaje del emperador, y en buscarlo andan afaaosos los periódicos extranjeros, como si no creyesen en la inocencia que parece dar á la expedición la presencia de la emperatriz al frente de ella y al lado de su egregio consorte. Lo que fuere sonará, y plegué al cielo que no suene demasiado. Quizás el emperador, al contemplar la hermosa vista panorámica de Jerusalén que se disfruta desde Monte Olívete, tenga la feliz idea de arrancar como recuerdo una rama de oliva que, por venir de donde viene, fuera símbolo de paz universal. Pero ¡es tan poco una rama de oliva para convertir á Europa en una balsa de aceite I Sin embargo, ahí precisamente estaría el milagro de la rama en cuestión. Mas no haya cuidado; el Kaiser no ha ido á Palestina para traerse reliquias ni recuerdos, cruces ni escapularios. Eso estaba bien para un rey de hace cuatro siglos, no para un jefe de Estado de los de ahora. Lo que traerá el Kaiser es menos poético y devoto, pero más práctico; algo que en efecto se trae, aunque parece que se lo deja: un puerto de la Siria. Empieza en Madrid la temporada angastiosa, el período de lluvias anunciadoras del invierno, que vendrá, como siempre, soplando pulmonías á dos carrillos y repartiendo reumas á manos llenas. En todas las partes del mundo, un día de lluvia es un día como todos los demás; aq uí, cuando llueve, parece que llueve por primera vez en la vida: tan desprevenidos y torpes nos coge. Se enredan los paraguas, se interrumpe el tránsito á cada momento, no es posible entrar en las casas porque la golfería llena todos los portales, y cuesta Dios y ayuda pasar de una acera á otra, porque los simones que van al paso tienen á gala pararse en todos loa cruces y bocacalles. Las empresas de los tranvías no aumentan el servicio por tan poca cosa, y cada coche es una especie de lata de conservas con su caldo y todo. De loa impermeables no hay para qué hablar; los hay inodoros, pero aon los menos. -Caballero, solemos decir ya próximos al mareo; ¿está usted seguro de que ea goma lo del impermeable? ¿no será cola de carpintero? -Perdone usted el olor; pero ya ve usted que no es por falta de limpieza, porque ae está mojando todo lo que quiere. -Ya, ya; lo compraría usted de viejo. -No, señor, de muy joven, hace veinte años; ya ve usted cómo me está de mangas. Luis BOYO VILLANOVA DIBUJOS PB CILLA i