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No se determinaron, sin embargo, á buscar víctimas entre! a gente poderosa- -magnates, empleados de la casa real; -acordáronse de que un pobre herrero, llamado Oavé, tenía dos hijos como dos pinos de oro, gallardos en extremo y diestros en todos los ejercicios corporales; y pareciéndoles buena presa, los sorprendieron en la plaza pública, los degollaron, les abrieron el cráneo, y llevaron á Doac su mollera palpitante aún. Hallábase Cavó trabajando en su forja, cuando los vecinos, entre compasivos é indiscretos, acudieron á llevarle la nueva fatal. En los primeros momentos pareció como si el mísero padre no se hubiese enterado de la inaudita desventura que le comunicaban: callado, sin movimiento, escuchó la relación. De súbito, su pena estalló formidable; fué el rugir de un león que rompe la cadena y arranca de un zarpazo los hierros de la jaula. Lo que hizo saltar á Cavé fué saber que precisamente por ser sus hijos fuertes, inteligentes y hermosos, los habían señalado para la cuchilla. No dejarme ni siquiera uno para consuelo! ¡Ahí Juro por la luz eterna del Sol que me vengaré. Y el herrero, gritando así, blandía su enorme martillo, y al blandirlo, montañas de carné bronceada y fortalecida por el trabajo se acumulaban en su brazo desnudo y negro de escoria. Desciñéndose el amplio mandilón de oueiro. que le protegía. Cavó lo ató á la punta de un palo, y con el mandil por estandarte y el martillo por arma, salió á íá plaza profiriendo clamores de maldición contra Doac. A la voz del desesperado padre, sucedió un extrafío fenómeno: los habitantes de Yspahan, que yacían aletargados y helados de miedo, recobraron energía, sacudieron la modorra; al ver que existía un hombre que se atrevía á enarbolar uii estandarte, corrieron á rodearle locos de entusiasmó; y lá sedición estalló tan repentina, que el tirano sólo tuvo tiempo de huir vergonzosamente con sus mujeres y: sus tesoros. Lejos ya; de Yspahan, juntó Doac un ejército de más de cien mil hombres, y volvió dispuesto á disolver- las hpídas que unj, artesano capitaneaba y que tenían por bandera sucio y denegrido mandil de cuero. Perp avínole mal, porque el bordado guión de Doac, de seda y oro, recamado de perlas, ostentando por emblemas los siete planetas y, la luna, hubo de retroceder ante el pedazo de suela que sólo lucía los estigmas del trabajo y las huellas del. humanó sudor; y la cabeza de Doac, goteando sangre, lívida, contraída por la mueca de la agohíá, quedó hincada en el palo que sostenía el mandil de cuero, mientras las tropas de Cavé, habiendo despojado al tirano de sus vestiduras, se reían á carcajadas de las dos verrugas que en sus hombro figuraban cabezas de serpiente Al ser saludado rey por su ejército, el herrero se negó rotundamente á aceptar la corona. El mismo señaló para reinar al príncipe Feridún, que después fué un gran monarca y un sabio profundo, y ensefió á los persas la astronomía, la medicina y la botánica. La única gloria que cupo á Cavó el herrero se cifró en su mandil, que Feridún tomó por estandarte regio. Siempre que al entrar en batalla Feridún, sin falso rubor ni respetos humanos, colocaba ante sí aquel trozo de suela que representaba la santidad del trabajo y la protesta contra la injusticia y el abuso del poder, era como si llevase un talismán: tenía la victoria segura. Cuando se avergonzaba del mandil de cuero, salía derrotado. Por haberse perdido en las revueltas y vicisitudes de la invasión griega el mandil, símbolo de que no debe el monarca colmar la copa de la iniquidad para que no se desborde la de la ira celeste; por haber desaparecido, digo, el estandarte de Cavé y su tradición de independencia, llegaron los persas, pueblo nobilísimo en su origen y de altas facultades intelectuales, al atraso, al servilismo y á la abyección en que hoy se pudren. DlBITJOS DB MÉNDEZ BRINGA EMILIA PARDO BAZÁN M ft