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Fersonajes: TsuBSA. ANTONIO pero así sucede. ¿Me permite usted, Teresa, que vaya á buscarlas? Habitación intimd, cómo entre tocador y ropero. Muebles TBBBSA. -No, Antonio, no; no quiero ver á nadie, no ricos, pero en el último período de su existencia. Cajas de quiero oir á nadie. A usted sí, porque usted era su mejor sombreros. Vestidos coleados. Muchos frascos casi vacíos amigo, su amigo de la infancia, su heriháno. ¡Cuántas encima de un tocador coronado por un gran espejo. SiaJbita- veces me hablaba de usted eLpobre! De sus travesuras dóndepaso, en suma, entre el tocador principal y el cuar- de chiquillos, de sus calaveradas de estudiantes, hasta de. to de hafíó de una mujer elegante de la clase media. Teresa sus novias, de todo. ¡Como se querían ustedes! yO estaba vestida, de negro, despeinada y sollozando en una butaca. un poco celosa; ¡ya ve usted, celosa del cariño que Luis Antonio de pie y mirándola compasivamente. le profesabal ¿Verdad que era muy bueno? ¡Qué nobleza ANTONIO. -Escuche usted, Teresa la suya! ¡qué alma tan grande! La hemos perdido para que la gane el cielo. T E E B S A I S B llevan mi vida Con él! ANTONio. Hay también límites para el dolor... Así ANTONIO. -Sí, amiga mía, el cielo nos la ha arrebatado nos lo manda la misma Religión. Yo comprendo sus lá- Rece usted por él; el rezar consuela. grimas, sus sollozos. ¿Cómo no comprenderlo, si soy un TEEESA. Rezaré, rezaré toda la norfié. ¿Qué he dé hombre y se me salta el llanto? ¡Pobre Luis! pobreami- hacer, sino gemir y rezar? Esta noche, esta primera ¿ocho go mío! Eramos como dos hermanos. ¡Y en la flor de la que él so! o, i... Esi; rem ciéndqse) ¡Jesíds, gué frío tengo! juventud, cuando nadie podía presumir desgracia tan ANTONIO. -Aquí habrá algún abrigó. S- íEs esto? Sí. grande! Tiene usted razón, Teresa; llore usted mucho por Deje usted, no sé mueva. Yo sé ló echaré por enciiríá óí, por su Luis adorado. Ya ve usted; yo quiero consolar- de los hombros: ¿Está usted bien así? la y no puedo, no encuentro palabras, la voz se me ahoga TEEESA. -Sí, sí; mil gracias, Antonio. Quiero tener vaen la garganta. Lloremos juntos! lor, quiero pensar, trágándoiné las lágrimas, pn errduefto TEEESA. Ay de mí! qué negro se me ha quedado querido. Una súplica á usted. el mundo! Dos años de vida, dps años de felicidad... ANTONIO. Digala, y no como súplica, sino como Usted asistió á nuestra boda. Usted, Antonio, fué testigo mandato. de nuestra dicha. Usted, que no encuentra ahora palaque se las bras que decirme cuando se lo han llevado! Se lo han deTEEESA. -Desearía ve usted encargase de tan esquelas los periódicos. ¡Ya qué servicio triste le llevado para siempre; hace un momento; para toda una suplico! eternidad. No, no, esto no es posible; yo quiero ir con mi ANTONIO. ¡Por Dios, Teresa; Luis, dormir á su lado en esa larga y fría noche de la TEEESA. -Una esquela, lá mayor, la más cara. ¿Usted muerte. ¡Luis mío, vida mía! ¿verdad que me esperas? no habrá tenido nunca ocasiófí de saber... Yo tarnpoco. ¿verdad que no nos separaremos nunca? Triste de mí! Pues bueno; la, más grande la qué cueste más, ¡esa! se lo han llevado arrancándolo de mis brazos! No pude ANTONio. Óomprendó despertarle con mis besos. Estaba muerto, frío, con los tante á obedecerla. Pasarélo que desea usted, y. voy alyinsal despacho á redactarla, yo ojos cerrados. El, él era él, que ya no podía devolverr mismo la lleyaré. me mis besos! ¿Pero cómo será ésto posible? Y es, y es TBBKSA. -No, no; escríbala usted aquí mismo. En esa Betorciéndose las wawos. y es. j P a r a siempre... para rhesá. Aquí hay papel; en la habitación inmedia, tá hallará siempre I (é oMo 2; i. (Pa! s, a. pluma y tintero... ANTONIO. -Por Dios, Teresa, aniiga mía, no se ator ANTÓNÍÓ. Séa como usted lo manda. (iSaZe un momenmente usted de ese modo. No sé si hizo usted bien to y vuelve con el tintero y la pluma. Se sienta, ante la huyendo de todos y amparándose en esta habitación re- mesa y escribe) tirada. ¿No sería mejor que viniesen aquí sus primas de TEEESA. -Lea usted lo que vaya escribiendo. ¡Tendré usted y las sefioras de Yélez, que son tan buenas y valor, quiero tenerlo I tan cariñosas? Sé demasiado que no lograrían consolaría, kTSTomo (leyendo en voz muy baja) eso no; pero las conversácionesi la gente, el ruido marean, y si no calman estos grandes dolores, los adormecen moE L S E S O E DON LUIS FEENÁNDEZ DE LOS XAHES mentáneamente, como cuando á uno le golpean la cabeza Ua el día S 8 de Octubre, á las once y media de la noche. y no puede pensar Yo no sé de qué modo es esto, Su inconsolable viuda CUADRO PRIMERO