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Vw. S I. MI NUEVO AMIGO Una mafiana fría me encerraba en casa, sin ánimo de salir á la calle; el día se presentaba tan negro y tan cerrado como muchas almas. Yo, de pie detrás de los cristales de mi balcón, en los que repiqueteaba la lluvia, dejaba en libertad mi vista para contemplar la inmensa explanada que se extendía monótona y triste delante de los balcones, monotonía interrumpida por el paso de alguna persona que por aquellos charcales se aventuraba á cruzar para abreviar el camino que conducía al paseo. A lo lejos, y en lo recortado de las siluetas, se dibujaba el inmenso caserío de Madrid con las empinadas torres de las iglesias y numerosos brazos que se alzaban como para devanar una inmensa madeja de hilos telefónicos. Muy débilmente llegaba á mi oído el son de bronce de las campanas, un son lento, perezoso, de difuntos, que aquel día celebraba la Iglesia. Aquél era el día de los muertos; el día oficial, por decirlo así, en que todos estamos como obligados á sentir y á llorar. La vida la tenemos muy bien reglamentada: nos alegramos en Carnaval, comemos pavo en Nochebuena, buñuelos de viento el 1. de Noviembre, y lloramos entre los buñuelos y entre los recuerdos; no sé por qué misteriosa afinidad, hay quien lo mismo que se acuerda en San Isidro de la tía Javiera, dedica un día á sus antepasados; cuelga dos guirnaldas en la tumba, enciende media docena de lamparillas en su casa, una lamparilla por cada alma, y con media libra de aceite humedece su sentimiento. Yo, si fuera difunto y pudiera enterarme, rechazaría estas manifestaciones reglamentarias. ¿Por qué razón una hoja del calendario habrá de convertirse en recordatorio? De ninguna manera. En estas y otras parecidas meditaciones me hallaba yo, cuando vi pasar, camino del cementerio, un coche fúnebre de dos caballos; un sencillo ataúd cubierto con galón encarnado. Miré, y detrás del carruaje no advertí á nadie; el coche iba completamente solo; ni siquiera le acompañaba una miserable tartana, ni una jardinera de las que por dos reales asiento lo mismo van al cementerio que á los toros; nadie, absolutamente nadie iba detrás de aquel cadáver. Sentí una pena inmensa, algo de frío en el corazón, pensando si mañana, que siempre está más cerca que hoy, me ocurriría á mí lo propio. Abrí el balcón é hice una seña al cochero; bajé, y entré en la tienda de comestibles. El cochero, al verme, abandonó el pescante y entró en la tienda, creyendo sin duda que yo le iba á convidar á una copa; entregué al tendero la llave de mi casa en su calidad de portero, y el coche fúnebre se puso en marcha sin más comitiva que yo, que decidí acompañarle hasta el mismo cementerio. Ya no iba solo, ya tenía un alma caritativa que oficiara cerca de él como amigo. El cochero, pretendiendo hacerme un favor y al ver que yo me disponía á ir á pie detrás del cadáver, me invitó á que subiera en el carro para que fuera con más comodidad, invitación que, como