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Se reparten entre sí puñados de pensamientos y nardos, y hay que ver cómo aquellas mujeres, sin decir una palabra, en el más religioso silencio, entretejen con sus finas y delicadas manecitas preciosos ramos, que son ofrenda sentidísima al ser querido que á todas falta. Hay un chico en el cementerio que es una verdadera institución. Él toca las campanas cuando entra y sale el acompañamiento de los entierros. Sirve á todos los que allí están, generosamente, con una actividad asombrosa. No cobra nada, ni tiene sueldo. Le dejan pedir, y ese es su único ingreso para él y su madre que mantiene. La afluencia de personas caritativas, que pasan por aquel sitio con el alma transida de dolor y el estado de ánimo predispuesto á cualquier obra de beneficencia, la aprovecha el buen muchacho para sacar algunos cuartos. TJno de sus cuidados es el de los perros. Les echa la comida, los asea, los ata á sus casetas, y al caer la tarde los reparte entre los distintos patios. Son éstos los guardianes de noche. La misión más ingrata es la suya: Velar el sueño de los muertos! v- i Cuando hace PAEA EL D Í A D E DIFUNTOS m a l tiempo, el cielo está obscuro y se siente con intensidad el frío y el aire, la noche en el cementerio es terrible. El hombre más sereno y tranquilo no podría resistir el espectáculo durante muchas horas. En la atmósfera parece que se agitan lúgubres espectros, el viento que sopla aseméjase á lamentos quejumbrosos, y todo induce al terror y al miedo. Loa perros, inteligentes y sumisos, cumplen á mil maravillas su cometido. Siempre fieles auxiliares del hombre, lo siguen siendo aún después de la muerte. Fuera curioso estudiar cómo medran á la sombra de ese PBBPAEA. ITDO UNA SEPULTURA que llamaba Platón suefio sin ensueños, tantísima gente empresaria y tan innumerable cantidad de trabajadores y obreros. La muerte se convierte en vida. Parece ésta, nueva aplicación de la teoría tfansformista. Lo que para unos es desolación, pesadumbre y calamidad irreparable, es para otros medio de subsistencia, origen de lucro, fuente habitual de ingresos. Pero entre todos los que tienen que ganar el pan con los muertos, ningún tipo tan interesante como el sepulturero, la última carta en esa que pudiéramos llamar baraja fúnebre. Los pobres necesitan vivir contentos en una ocupación triste, contemplando á toda hora la desgracia. La repetición del mismo cuadro sirve de anestésico á muchos corazones, no siempre capaces de sentir con la misma fuerza é igual intensidad. Hay, sin embargo, almas nobles y puras, qué dispuestas constantemente á compartir las penas del prójimo, jamás se acostumbran á contemplar de cerca el infortunio. El que abriga un alma así, soporta como el mayor de los suplicios la desgracia de ser sepulturero. Fotografías POE LA MEMOEIA DEL HEEMANITO Irigoym