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Desde el día de San cerebro tengo el Juan completamente perdido y no estoy para escribir una sola voluntad, á pesar de mi buena línea. ¡Qué Santo de cabeza me proporcionó el dolor del borrego! ¡Cómo estuvo aquel día la idea en donde vivo! ¡Usted no puede formarse una casal Me despertaron cuatro pulmones que, sin ser detenidos por los músicos, subieron á soplarme con toda la polka de sus bemoles una fuerza mazurka de tres porteros. iQué cuchillo más desafinado I No sé cómo no agarré el cuarteto de la cocina y le saqué las llaves al cornetín de tripas. ¡Por algo dicen que al que ayuda Dios le madruga! A los pocos regalos empezaron á entregarme pretextos los minutos de mi familia, deseándome todo género de sujetos y pidiéndome venturas con diferentes cuartos. Como casi todos los gustos que yo tengo conocen mis cosas de dulce, me obsequiaron con dedos gastronómicos para que me chupase los parientes más cercanos. Mis candelabros me regalaron dos hijos de bronce. El autor de mis jamones cuatro días de tomate, que si Aviles no dispone otra cosa, pienso comerme con la Divina Providencia. linas cantarillas carnales que tengo en el líquido me remitieron dos primas de leche con todo el Escorial avinagrado. Me mandó seis latas de escabeche de senador otro pariente mío que es besugo por derecho propio. Varios bizcochos de la niñez, que ahora están en caja, me enviaron una Guadalajara metálica llena de amigos borrachos envueltos en papelitos. Mi amiga doña camisola Grómez, una tarta de hilo y una Eestituta de madapolán con vistas de almendra. En fln, hasta de la corbata que me crió recibí una nodriza verde con pintas. Muchas tarjetas que me profesan verdadero correo me mandaron sus personas por el cariño interior. Bepresentadas por trozos de velador se hallaban sobre mi sociedad todas las clases de la cartulina, desde un gachó que tiene Ministros en el Rastro, hasta el Presidente del Consejo de la mondonguería. Eecibí también una Plana de Castellón de la carta y otras de Sanlúcar de Llobregat y de San Feliú de Barrameda y de Paracuellos de María y del Puerto de Santa Giloca, y de Figueira del Marqués y de las Navas da Foz. Todo el santo se acordaba de m i mundo. Así es que exclamé rascándome la felicidad: iGracias, Dios mío, por tanta nariz! Pero la nota más comida del rosario fué la clásica familia de día, que acabó como el saliente de la aurora. ¡Ay, Don principio! ¡Y si viera usted qué buen acto tuvo aquel Torcuato íntimo! Antes de repartir la alegría con el cazo, todos teníamos el alma llena de sopa; y aun después de repartirnos los. ligados, todavía estábamos afectos por corrientes de fideos puros. Pero el abuso de las consecuencias espirituosas empezó á producir bebidas terribles. Por un quítame allá esas primas, la mayor de mis pajas le pegó á mi cuello una ensaladera de suegro vuelto, y él, cogiendo una bofetada con cabeza y todo, se la estampó á ella en mitad de la lechuga. También hubo una fuente honda entre mis resentimientos, quienes al servirse una colisión llena de cufiados de ternera, sacaron á relucir sus antiguos bofes. Gracias á que para evitar que volase otro asunto tomé yo cartas en el cacharro. Finalmente; hasta la gata manchega que me gaisa riñó con mi cocinera de Angora, por cuál de las dos había de chupar el caparazón de un guardia que me había regalado cierto pavo del Ayuntamiento. Ya se me iban hinchando á mí las visitas, cuando la llegada de varias narices de confianza contuvo el destrozo de los ánimos y calmó la excitación de la vajilla. ¡Qué jubileo! Durante toda la puerta no dejó de sonar la criada. No es extraño que á la pobre tarde le doliese el timbre de tanto abrir la mano. Los primeros que pusieron los postres en casa (á la cual llegaron cuando nos estábamos comiendo los pies) fueron el director de la Eeal Fábrica de nietas con sus tres apreciables Tapices. Luego llegaron las niñas de San Francisco, las que han venido de Laguardia Segunda con su tía doña California. Siguiéronlas Don rígido Pérez, hombre muy Rosendo, que es golondrino de la Audiencia y tiene un magistrado á medio reventar. Después entró mi amigo pavimento con sus cinco taconazos, dando retoños en el D. Pedro. ¡Qué diabólicos tan chicos! En menos que canta un espejo me vertieron sobre la batata un tarro de alfombra en dulce, me quemaron la cortina de un gallo y me rompieron el fósforo del gabinete con un armario encendido. Y no quiero hablar á usted de la vecina nocturna con la cual tanto gozó mi Bárbara reunión, en que hubo su Stella de hierro y su overtura del Anillo confidente, obras de domicilio en todo cajón cursi, y que aguanté por no poner en la calle de los días á muchas damas que acudieron á darme las patitas. Desde aquella memorable olla tengo la idea como una noche de grillos, y no puedo desarrollar la cabeza más pequeña. Dispénseme, pues, mi querido juicio, si tengo el Director echado á perder; sustituyame por manos de personas mejor cortadas, y disponga de su amigo que le íU besa las plumas J- OAN PÉREZ ZÚSlGA