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La posteridad se ocupará de la Espafía fin de siglo, no en el libro de la Historia, sino en los cinematógrafos de barraca con figuras políticas de cera y organilíos de manubrio con el tango de la bicicleta. Ni a u n en la paz de los sepulcros creo. Este famoso endecasílabo, qué no parece muy oportuno si s e tiene en cuenta que por la paz y para la paz realizamos hoy t a n grandes sacrificios, resulta, sin embargo, de perfecta y triste oportunidad al considerar los repetidos viajes y m u d a n z a s de domicilio que nuestra mala v e n t u r a proporciona á los restos de Colón. Bien claro se ve que la m u e r t e es todo lo contrario á la vida, porque Colón muerto se dedica á p e r d e r todos los territorios que en vida ganó. Estaba enterrado en Santo Domingo, y tuvo que salir de allí- al declararse la independencia de aquella islar lo llevaron á la Habana, y su sueño en la capital de Cuba h a sido m á s corto y más agitado; vendrá á España, y quiera Dios que el fúnebre barco n o tenga que hacer escala en Canarias, porque los restos de Colón llevan en sí u n a virtud separatista que n o puede ser más fatal p a r a E s p a ñ a Varias localidades se disputan la h o n r a de albergar los restos del ilustre mareante, no menos mareante en m u e r t e que e n vida. Granada p a r a su catedral, Sevilla para su Archivo de Indias, San F e r n a n d o p a r a su P a n t e ó n de marinos ilustres, H a e l v a p a r a el monasterio de la Rábida, alegan en este pleito su mejor derecho. Y dado el criterio tolerante y contemporizador de nuestros Gobiernos para con todas las pretensiones regionales, no sería extraño que estuviere próxima la hora del reparto de los restos colombinos, ¡E l r e p a r t o l Ya no puede ser más alarmante n i m á s significativa la palabra, si se tiene en cuenta la comunidad; de destinos entre la momia del almirante y su patria adoptiva. Pero lo cierto es que el Gobierno, á la hora presente, no sabe d ó n d e poner los restos de Colón Claro es que en esta frase va envuelto el cariño que sienten nuestros gob e r n a n t e s hacia el sagrado depósito de la catedral de la H a b a n a m a s no será inoportuno recordar á todos u n cuento viejo, en cuyo relato puede encontrarse solución al conñicto. E n la fiesta d e iglesia con que cierto religioso pueblo celebraba el día de su patrón San Eoque, tocóle encargarse del sermón á u n cura de las cercanías, quien se propuso agotar loores y alabanzas en pro del celestial abogado de la peste. El panegírico fué completo; el nombre del santo n o se apartaba de los labios del predicador, que agotaba los adjetivos encomiásticos, t e r m i n a n d o con esta pregunta todos sus párrafos: ¿Dónde pondremos á San Eoque? E l orador recorría todos los círculos y categorías celestiales, los santos, los arcángeles, los tronos, las dominaciones, y n i n g ú n sitio estimaba á propósito para colocar al santo abogado contra la peste. ¿Dónde, dónde pondremos á San Eoque? i repetía cada vez con m á s frecuencia el predicador. H a s t a que uno de los fieles, lofocado por la concurrencia ó aburrido del panegírico, exclamó en voz alta ontestando á las preguntas del cura: P ó n g a l o usted aquí, que ya m e voy yo. Aplicando el cuento á la situación presente, bien p u d i e r a ser el ministro de Ultramar quien ofreciese p a r a los restos de Colón el ministerio llamado á desaparecer en plazo breve, y quien exclamara lo mismo que el feligrés del cuento: -Póngalos u s t e d aquí, D Práxedes, que ya m e voy yo. DIBUJOS DE CILLA L U I S ROYO VILLANOVA