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Á OCHO DÍAS VISTA cinematógrafo nacional. -Un par de TÍstas. -Se suplica el fonógrafo. -Adonde iremos á parar. -Modelo para barracas de feria. La paz de los sepulcros. -Colón de viaje. -El reparto de los restos. -ün cuento viejo. Estamos en pleno cinematógrafo. Vemos perfectamente que los comisionados yanquis y espafloles ee reúnen un día si, otro no y otro qué sé yo; vemos que los espaCoIes y los yanquis se- sientan en torno dé una mesa grande: que Montero Eíos tiene delante de sí un gramática inglesa y Day una gramática parda; vemos qué en la conferencia se charla diplomáticamente; es decir, con toda corrección y mesura Pero é es lo que dicen? ¿qué es lo que hablan? ¿quién gana á quién en este torneo de razones? Imposible averiguarlo. El cinematógrafo no llega hasta ahí. Es un espectácjjlo sin igual para tierra de sordos, así como el fonógrafo y D. Práxedes son grandes adelantos para tierra de ciegos. Otra vista del mismo aparato: Vemos á los ministros entrar á consejo, bien en Palacio, bien en la Presidencia; les vemos reunirse, conversar, leer papeles y cambiar notas; vemos que salen á codazos entre una turba de reportersi y que en seguida toman su. s berlinas, que al moverse hacia nosotros adquieren esas grandes proporciones que toman en la fotografía los primeros términos. La berlina ocupa por completo el lienzo de las proyecciones, y) a vista se acaba sin que haya podido averiguar qué es lo que han dicho los ministros antes del Consejo, en el Consejo ni después del Consejo... Lo vemos todo, pero no oímos nada. La reserva por un lado y la censura por otro, atan las lenguas y detienen las plumas, DÚentras en silencioso desfile cruzan por el cinematógrafo ante nuestros ojos vistas tan curiosas como la conferencia de París, los Consejos de ministros y la eyacuacióh de las Antillas. 1 Si al menos las vistas fueran iluminadas, es decir, en colores! Pero más vale que no lo sean. Ya que veamos estas cosas, mejor es que las veamos sin que les salgan los colores nii á ellas ni á nosotros. Y esperemos pacientemente á que el espectáculo acabe, á que en la sában de enfrente, ó sea eü el gran pafio de lágrimas nacional, aparezca el último caadro. Ellos podrán ser tristes, pero no cabe poner reparos á su presentación. Exige ésta que el público se encuentre completamente á obscuras, y tiempo hace que no tenemos luz más que en media docena de bolsillos. De toda la que hay necesita el Gobierno para alumbrar debidamente el cuadro por donde desfilan las vistas del cinematógrafo. Algo marean á los ojos, pero consolémonos con la idea de que ese es nuestro último mareo, porque corresponde á nuestro último viaje por mar. ¿Y todo esto, preguntará el lector curioso, ha de pasar á la Historia? No haya cuidado; la Historia suele recoger todo lo que se habla y se escribe; y sabido es que ahora ni se quierehablar, ni se puede escribir. Adonde pasará el actual periodo de nuestra vida nacional, es á poder de un garitero de feria.