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L U I S A (sonriéndose) Enrique! (Cerrándolos ojos. Me siento m a l E N E I Q U B S í el susto! Con u n poco d e éter ó de azahar Yo t e llevaré; apóyate firme en mis brazos. Vamos al hotel. Descansas, tomas u n a s gotas de azahar ó aspiras el éter, y á dormir los nerviecillos. ¡Ea! (Subiendo la escalinata. Poquito á poco; una, dos L U I S A (sin abrir los ojos) ¿Verdad q u e m e quieres mucho? E N R I Q U E (besándola en el pelo) -No. Tres, cuatro... L U I S A ¿V e r d a d que tú t a m b i é n t e h a s asustado mucho? E N B I Q U I (sonriéndose y ponderativo) -De u n modo atroz. Cinco... y seis. LUISA. ¿Verdad que estaremos siempre juntos y seremos siempre m u y felices, m u c h o? (Enrique y Luisa desaparecen de la escena, entrando en el hotel. El autor supone que encontrarán pronto el éter. ¡Enriqmno vuelve á salir! Al levantarse nuevamente el telón han pasado veinticuatro horas. La misma decoración del día anterior: Un jardinero, hombre entrado en años y algo filósofo, según luego se L U I S A -N o Todos estos días, desde hace más d e una semana, venia E n r i q u e proyectando su traición. L A MABQUESA. ¿Su traición? jQuó palabras te enseñó aquella excelente y sublime M i s s! L U I S A -A y e r vestido ya p a r a marcharse, u n accident e casual le retuvo á m i lado. L A M A B Q U E S A -i A ú n h a y Providencia para las recién casadas L U I S A -N o te burles, m a m á Esta t a r d e se h a vestido ¡y se h a marchado 1 L A M A E Q U K S A -Y se h a marchado. ¿Te h a r í a algunas caricias zalameras antes? LUISA. -Pocas. L A M A R Q U E S A -T e n d r í a miedo á que se repitiese el accidente casual. P e r o en fin, según dices, le has detenido varios días. LUISA. -Sí. L A M A B Q U E S A -H a s salvado, por consiguiente, el honor d e las a r m a s femeninas. L U I S A Q u é cosas se te ocurren, m a m á I L A MABQUESA. ¿Apelarías á todos los recursos? L U I S A -R e c u r s o s no; lo q u e m e dictaba, lo q u e m e decía el corazón. Ayer le supliqué que no me dejara sola porque porque empiezan á caer las hojas. 3 -verá, recoge en un cesto las hojas secas alfombran las sendas del jardín. Luisa y su madre, la Sra. Marquesa de Laida, también entrada en años y algo filósofa como el jardinero, descienden por la escalinata del hotel. Tarde de otoño, uñrpoGO más desapacible que la anterior. Ráfagas de viento frío de vez en cuando. L A M A B Q U E S A -B u e n o Luisa, hija mía, sentémonos aquí si no tienes frío, y hablemos. Cuando recibí tu apremiante carta m e llevé u n susto espantoso. Luego h e reflexionado que a u n q u e estamos ya e n otoño, en los matrimonios jóvenes siempre h a y n u b e s de verano. Con ellos n o rezan las estaciones. De m a n e r a q u e aquí me tienes; kabla, ¿qué te sucede? L U I S A (con resignada tristeza) Á. y, m mál Que soy m u y desgraciada. L A M A K Q U B S A -L o mismo le dije yo á m i m a d r e á los cinco meses de casada. Tú llevas ocho. Hasta p a r a quejaros sois m á s torpes las muchachas del día. ¿Y qué es lo que motiva t u desgracia? LUISA. Ya lo h a s visto; E n r i q u e n o está e n el hotel. L A M A B Q U E S A -L o sabía antes de venir aquí. Al cruzar por la calle de Alcalá le h e visto entrar en el C. ub. L U I S A ¡E s la primera vez que se h a separado de m í! L A M A B Q U E S A -Y duele, pobreoita mía, ¿verdad? P e r o no te h a b r á dejado así, sin algunas vacilaciones, y sobre todo, sin u n ingenioso p r e t e x t o DIBUJOS DE MÉNDEZ BEINGA L A M A B Q U E S A -E x c e l e n t e razón. (Fijándose en el suelo. Y sí q u e caen á toda prisa. ¿Y qué más? ¿no se te ocurrió alguna otra sublime argucia p a r a prolongar vuest r a luna de miel? L U I S A (arrojándose sollozando en los brazos de su madre) ¡Nuestra luna d e m i e l! ¡Ay m a m á! ¡ayer m a t a m o s la última abeja! (La marquesa acaricia á Luisa lo mismo que la acariciaba cuando ésta tenía seis años; y preocupada por lo de la abeja, cuyo sentido adivina sin explicarse la congruencia del símbolo, hace al fin un gesto como diciendo: i ¡Algo será I Las cosas del amor tienen mil formas. Sopla en esto una violenta y helada ráfaga de aire del Cruadarrama que produce en la Naturaleza un estremecimiento de frío. Las flores se agachan acobardadas, chocan las ramas de los árboles, callan los pájaros, caen á bandadas las hojas secas. Parece que se oye un grito de terror qtie dice: iAhí está el inviernoh Se acabó la luz, la alegría, el himno de amor E L J A E D I N E E O (viendo cubiertas nuevamente las sendas ¿leí jardín de hojas secas y mirando después el cesto colmado de éstas que tiene delante) -Es lo q u e digo yo á todo el q u e quiere oirmé, y siempre lo diré. Estas cosas son así desde que el m u n d o es m u n d o y no p u e d e n ser de otra manera. Cuando empiezan á caer las hojas, es lo que digo yo; caen. Y cae tnmbién él telón. JOSÉ DE EOÜBE