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móvil y como difunto, volvió el lego á subir, y corriendo desalado por los claustros, llamaba á todas las celdas á los gritos de cjauxilio! socorro! Atraído por el estrépito de la caída y por las voces del lego, instintiva, inconscientemente, trepó el majo de dos en dos los peldaños de la tendida escalera, y al llegar al descanso detúvose ante el cuerpo exánime del fraile, á quien la blancura de los hábitos y la palidez del rostro daban toda la apariencia de marmórea estatua yacente. No era el majo, aunque temerón y rufián, ateo ni indiferente, como no lo era ninguno de sus contemporáneos. ¿Pero qué trágico movimiento determinó en todo su ser el aspecto del inanimado religioso, que súbitamente abatió la cabeza y se quedó como petrificado y sin alma junto al cuerpo del venerable mercenario? Exhaló éste un gemido tenue como el de un nijBlo enfermo, y derramando una mirada opaca y débil, pero llena de celestial caridad sobre el aterrado jeqtfe, tendióle ambos brazos como para incorporarse con su ayuda, y exclamó con inefable acento, á punto que precedidos por el lego acudían á socorrerle varios frailes: -I Durillo fué el golpe, hermano; apostaría que me quebré las piernas! Pero I me alegro por mejor lo habrá hecho el Señor, sin cuya voluntad no se mueve la hoja en el árbol! Al oir aquella esclaraación de conformidad sublime, los frailes se detuvieron admirados; y el valentón, cayendo de rodillas ante el postrado religioso, cuyo semblanite reflejaba su interna bienandanza, rompió á llorar con resoplidos de ñera, exclamando con voz anegada en lágrimas: Padre, padre, su mersé que es un santo en la tierra, perdone á este gran pecador! Y después, bajando la voz, continuó al oído del lastimado sacerdote: -Padre mío, yo soy el novio de Saluíta Primores, la mejó mosa é Seviya; y como su mersé l aconsejó que no me jablara motivao á mi conduta, y como eya me dio esta noche con la ventana en la cara... ¿Ve su Pateinidá er coló desta capá? Po asina veía yo er sielo y la tierra cuando dende la reja de Salú vine cómo un condenao á mátale su mersé, padre de mi arma! Pero cuando le vi amortesío, como yo no soy un asesino, ijinojo! toíta la obrara; se me gorvió nieve; y cuando er sielo jabló po su boca, toa la sangre se me jiso lágrima. Ahí tiene su Eevérensia ese iiiardito jicno, y perdóneme, po la Virgen de los Dolores, si lo iiu H sco wif. ufii rugió deshecho en llanto el compungido rufián, airdj. indo al meló una navaja de las buenas de Albacete. irnilillado el bravo á las plantas del venerable, parecía II fucr a liominada por la santidad. liuo I i08 te perdone como yo te perdono, hermano mío! exclamó el hombre de Dios, absolviendo! morosamente á su vencido enemigo, mientras los frailes le alzaban con grande esfuerzo, porque se había fracturado ambas piernas. ¿Lo ven, hermanos míos, como todo lo hace el Señor por nuestro bien? decía sereno el varón justo á los edificados compañeros que le conducían á su celda. ¡Mi caída ha servido para redi rúir un alma! Desde aquel día nadie volvió á dudar de la santa conformidad del Padre Me Alegro, el a, roma de cuyas virtudes sé exhala todavía de la mística flor de la tradición sevillana. BLANCA DE LOS EÍOS DIBUJOS B E B S T E V A N