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manda y solicitud contijiua del Padre líe Alegro, y aquel perenne coro de alabanzas al buen hermanito, tan lego en teología como ayuno de toda suerte de letras humanas y divinas, no halagaba ciertamente á la comunidad, donde había tan Reverendos Maestros y tan doctos Presentados. Además, en opinión de la mayoría de aquellos conventuales, la perdurable jaculatoria del Padre Me Alegro venía á veces tan fuera de propósito, que antes que prueba de mansedumbre parecíalo de falta de caridad, porque aquello de contestar á la nueva de una desgracia con el sacramental Me alegro, ni pizca de gusto daba á los interesados, pues aunque luego viniese á cohonestarlo todo el por mejor lo habrá hecho Dios, el daño estaba ya hecho; y como la carne es flaca, á ninguno le sabía á mieles el que el frailecico se regocijase de su infortunio. Y discurriendo de tal suerte, no faltó quien insinuara esta idea: ¡Vaya, que si al padrecito le ocurriera algún mal, no se alegrarla con tantas veras 1 Pero Dios, que vela por la inocencia de los justos, permitió un caso que vino á poner de manifiesto la virtud de su siervo, para que se viese palpablemente que no en vano su palabra divina prometió la bienaventuranza á los pobres de espíritu y á los mansos y humildes de corazón. II Sonaba ya la queda de uría de las noches de invierno más negras, lluviosas y crudas que conoció Sevilla, cuando llamaron con recia aldabada en la puerta del convento de la Merced. Soñoliento y malhumorado acudió el lego portero, arrimando á la mirilla del postigo una linterna, á favor de cuya luz comenzó á examinar al que llegaba, el cual no se dejó observar despacio; antes con voz alta y destemplada gritó: Abra; abra pronto el hermano! ¿rió ve que me calo jasta los güesos? Descorrió el lego los cerrojos, y dé improviso, casi arrollándole al entrar, arrojóse á la portería un hombre alto, fornido, moreno, cerrado de patUlas y entrecejo, y envuelto en ancha capa de grana que chorreaba agua por todos sus pliegues. ¿Está el Padre Me Alegro? preguntó el recién llegado, sacudiendo casi en la cara del lego el encharcado sombrero cordobés. Miróle rápidamente el hermano, y conociendo en su traje, desgarro y apostura la persona arrogante de un majo de los de rumbo, apresuróse á contestar; -Sí, señor. -Pue yámele de seguía, que er caso Í ¿Pero le parece á usted que éstas í -i -I Las mejores afirmó el bravo. i no; ajorremo saliva, que los majos no i de frailes. ¿Pudiera decirme el señor majo pai. qué busca á su Paternidad? -Es caso de confesión, y no armite p tica ni saistifaisione. ¡Y basta, que no venío á desaminame! Habló el guapo con tan apremiante dureza, que el bendito lego, farol en mano, partió á todo correr escaleras arriba. lío se hizo esperar el buen religioso, siempre solícito al llamamiento de las conciencias; antes acudió con tal premura, que hacia la mitad de la escalera cayó violentamente, y tras de rodar más de diez escalones, dio con su cuerpo tan duro gol pe en el ancho rellano, que arrojando al desplomarse mortal gemido, vino á quedar inerte y como cadáver á los pies de un crucifijo que allí en mitad de la blanca pared se alzaba, y ante el cual lucía perpenik; tuamente una lámpara de plata. Al sentirle caer y al mirarle in JU íví, S- í i í í 4 i J i