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-11 íl A r i i e i 1 EL PADRE ME ALEGRO m En Sevilla, -y en el convento de la Merced Calzada, vivía á loa comienzos de este siglo un humilde fraile, tan obscuro, olvidado y menospreciador de sí mismo, que podía decirse que su personalidad consistía en no tenerla. A despecho de lo cual logró hacerse célebre, no sólo en el monasterio, sino en la ciudad entera y aun en muchas leguas á la redonda; siendo caso de admiración que todo su prestigio y nombradla procediesen de su propia insignificancia, desprecio y anulación de sí mismo, puesto que debió su notoriedad á su absoluta jenuncia del albedrío y perfecta conformidad con la voluntad divina, de cuya completa negación á todo humano bien, veníale la posesión del Bien Supremo, que inundaba su espíritu de paz y de perenne placidez su beatífico semblante. Como fiel expresión de aquella interna bienandanza, brotaba de continuo á los labios del religioso una ejemplar sentencia, que era juntamente el lema y la síntesis de su vida. Bien podían llover sobre el P. Josef Cordero- -así se firmaba- -toda suerte de pruebas y tribulaciones humanas y espirituales, que aviniérale lo que le aviniera, el santo varón, sin que se le anublase la sonrisa esclamaba, acatando con delectación los decretos supremos; -I Me alegro; por mejor lo habrá hecho Dios! Y como la devota sentencia no se le caía de los labios, comenzó á ser conocido mediante ella y vino al cabo á recibirla por sobrenombre, al cual debió su grande y extendida fama. Así en toda Sevilla, y aun en muchos lugares vecinos de dónde venían las gentes á conocerle atraídas por el olor de su santidad, nadie sabía el verdadero nombre del mercenario, y todos le apellidaban á una voz el Padre Me Alegro. Sobrenombre piadoso, que al andar de pocos afíos llegó á ser en Sevilla sinónimo y dechado de cristiana paciencia y saludable estímulo de santa conformidad. Y al paso que, como semilla de bendición, se propagaba el ejemplo y crecía la fama del venerable, aumentaba y ensanchábase en torno á su confesonario el cerco de penitentes, y se multiplicaban los avisos á la portería en demanda perpetua del Padre Me Alegro, dé quien solicitaban los novios la bendición nupcial, los padres el bautismo para sus hijos, los moribundos la absolución y el viático, los enfermos la salud ó la resignación, y los atribulados el buen consejo, como si los felices quisieran recibir de su mano la ventura y los infortunados el alivio y medicina de sus males. Y como no todos los frailes de aquella casa habían de ser santos, ni aun siéndolo dejarían por ello de tener su alma en su almario y sus nervios sensibles, su sangre inflamable y su tanto de dignidad y amor propio, cualidades inherentes á la condición humana, si bien harto moderadas y contenidas bajo el yugo de la obediencia y humildad monásticas, lo cierto era que aquel incesante asedio al confesonario, á la portería y aun á todo el convento en de-