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I i i 8 mayores ovaciones alcanzadas en su 1.1 I! 1. desde que andaba por el mundo dan li- -on su gaita gallega. El teatro estaba li.i I enorme rebosamiento de muchedumhvi Organizada la función por la colonia española con el ñn de allegar recursOf- para regalar un crucero á la madre patria, sentíase palpitar en el público algo grande y tierno, que no era sino la remembranza de la lejana tierra nativa, evocada desde la escena por aquella alborada originalísima, que caía sobre el público como una cascada que brotara de los valles de la infancia, no olvidados nunca. El concertista debutaba en aquella función patriótica, y el público en masa pidió, delirante de entusiasmo, el nombre del autor de la alborada y su repetición. Y entonces sucedió una cosa inaudita que dejó á los espectadores siestupeíactos, y eso que no podían penetrarse de la trascendencia del episodio. Nadii- ai virtió que mientras tocaba el concertista, miraba de cuando en cuando inquiei. i i i caías de la derecha. Allí estaba, sí, allí estaba su camarada de la aldea pegado á un lia -ii li) r, oyendo, inmóvil, como si fuera de mármol, desencajado y pálido. La estratag (iii; i Y ir. i atraerle á la escena habla resultado bien; el portero, hecho amigo previa, mente de gaitero ambulante para brindarle la entrada en el teatro en guisa de favor con tal de que se contentara con un rinconcito en cualquier parte, había producido su efecto. Terminó el número, estalló la explosión de los aplausos, y dando la gaita al colega, que hacía el dúo sonando sólo el roncen en la suya, gritó el concertista adelantándose á la batería: -El autor de la alborada que acabo de tener la honra de ejecutar, es el pobre gaitero que toda la capital ha visto estos días recorriendo las calles. El ha sido mi maestro, y él va á repetir la alborada, con la venia del respetable público. Sin aguardar el aplauso de respuesta, entróse el concertista en la segunda caja de la derecha, se plantó ante el pobre gaitero, y tendiéndole los brazos le dijo con la voz trémula: -Chindo, ¿no te acuerdas de mí? Yo sí de ti, y yo soy el que te ha hecho venir á este sitio 1 Olvidemos lo pasado, volvamos á ser hermanos. ¿Quieres? Ya has oído lo que he dicho al público. No tienes más remedio que salir á tocar. Anda, I por nuestra tierra, por España! Dijo esto el concertista á borbotones. El gaitero le oyó en silencio, temblándole los labios. Cerca había gentes del servicio del teatro. Nada oyeron, pero adivinaron que sucedía algo terrible entre aquellos dos hombres. Al fin el músico callejero se dejó arrastrar por el concertista, salió á remolque á las tablas entre el estruendo del público, que se desgajó á aplaudir, y cogiendo la gaita se puso á tocar. Fué una alborada distinta, infinitamente superior á la primera, que hizo asomar las lágrimas á los ojos de la estática multitud. Guando el gaitero mendigo terminó, todo el naundo lloraba. La ovación no concluía. Loca de entusiasmo, acometida de un verdadero vértigo, la muchedumbre alborotada gritaba desaforadamente: ¡Bis, bis I Hubo que repetir la alborada, que volver á las corredoiras gallegas, que oir de nuevo la brisa del amanecer gimiendo en loa pinos, las risas de las aldeanas camino de la romería, los ayes de los apasionados mozos, el poema entero que brotaba de aquel fol suspirante. Al concluir el concertista abrazó á su compañero, diciéndole con voz persuasiva: -Ahora á tocar la alborada juntos por el naundo. ¡Todo por la gaita! Y el pobre músico callejero, vencido, anonadado bajo el peso de aquella formidable ovación, la primera que recibid, sin darse cuenta cabal de lo que le pasaba, sin atreverse á creer que fuera realidad su reconciliación con su amigo de la infancia encontrado inopinadamente, satisfecho y asustado á la vez de su triunfo, exclamó con la voz arrollada por los sollozos: -Sea como tú desees, Antucho. Yo siempre te quise bien. ¡Todo por la gaita bendita, que vuelve á hacernos los inseparables de la aldea! ¡Todo por la gaita! ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBCJOS SB i l É N D E Z BRINOA iJ n