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TODO POR LA GAITA Iba eiitre cuatro ó cinco admiradores y paisanos que le acompañaban, cuando llegó á sus oídos aquel eco de gaita, sonando cercano dulcemente. El concertista se detuvo y se puso á escuchar. Venía la música de una de las calles que desembocaban en la gran avenida platense, y aunque apagada á intervalos por el rodar de los carruajes y el pitar de los tranvías, podía formarse idea de la manera como el ejecutante tocaba. El concertista conoció en seguida el estilo. Aquella manera suave y rápida de acometer las notas altas, de tomar el motivo sobre el roncón lloroso y bronco; aquellas pausas entre los acordes, de las que parecían escaparse suspiros; aquellos sostenidos que se quedaban vibrando como el aturuxo en los patrios pinares, no podían brotar sino de las manos de su antiguo camarada de gaita, un tiempo amigo íntimo y después aborrecido enemigo y rival. Pero se equivocaba sin duda. Chindo estaría ahora en la aldea, sopla que sopla en las romerías, vegetando entre los maíces natales, que nunca quiso dejar. Y, sin embargo, era su modo de tocar. Habíalo acompañado muchas veces, para equivocarse. ¿Quién toca? preguntó el concertista. -Será ese pobre que recorre las calles pidiendo limosna. Ha debido de venir en el último vapor de emigrantes. El concertista se estremeció al oir la respuesta. La música se aproximaba, oyóse muy cerca, y al cabo desN l embocó en la avenida un hombre andrajoso, descalzo, en la fuerza de su edad, y al que aparentemente enve! jecía la tez curtida por los largos viajes andando bajo él sol, azotado por el polvo de los caminos, sufriendo- los latigazos de la intemperie, el cansancio que dobla el cuerpo, la miseria que lo agosta, quizás el dolor de la I asencia, más insoportable en el alma que las úlceras en loa pies. Abrazado á su gaita se adelantaba lenta 1 lente, suspendiendo un instante su salmodia para recoger las monedas que le daban los transeúntes ó le rrojaban de los balcones. Es el mismo! murmuró el concertista en cuanto vio al gaitero ambulante. Toda su historia, su ayer obscuro compartido con aquel hombre, surgió de pronto en su mente. Recordó el cariño de her manos que les unía de mozos, cuando tocaban juntos en las fiestas de la aldea; recordó que la V alborada que él daba á conocer en todos los escenarios sudamericanos, con la que arrancaba tempestades de aplausos, habla sido compuesta por el pobre emigrante, artista inconsciente, verdadero músico sin saber una nota, brotada de las ternuras de su espíritu con sólo dejar resbalar el corazón á los dedos; recordó que de su coinpañero había aprendido á manejar el instrumento i y había aprendido la alborada, base de sus éxitos y de su fama; recordó luego los amores de ambos con una misma mujer, que les engañó á los dos haciéndoles odiarse; y al considerar á Chindo emigrado, miserable, pidiendo para comer mientras la fortuna le prodigaba unos dones que debía al indigente, sintió á la vez una honda lástima y un agudo remordimiento, y echó á andar de improviso antes de que su colega le descubriese, exclamando en voz baja, como hablan. do para sí: ¡Yo no puedo consentir que ese hombre perezca! 5. S 2. 4 -if- v F w H r 3 R 4 J t, í