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Por todo lo dicho, es de extrañar que el Sr. Montero Ríos pida á Madrid taquígrafos, intérpretes y toda clase de miembros adjuntos, cuando los verdaderos auxiliares los tiene en París en las actrices y actores de la compañfa española. Ofensivo y necio sería dudar de la buena intención de nuestros comisionados. Lejos l e ello, creo que llevan un caudal de buenas intencione? bastante para empedrar, ya que no el infierno, el- palacio parisiense de Relaciones Exteriores. ¿Pero ha de resignarse el Sr. Montero Ríos á este mísero papel de Perico el Empedrador? Obra por obra, es cien veces preferible á este rancio saínete cualquiera de las comedias de nuestro teatro clásico, desde La verdad sospechosa, á que tan aficionados se muestran los yanquis, hasta La vida es sueño, obra favorita del Sr. Sagasta. Nuestro país es pobre, pero el Estado es muchísimo más pobre que el país. Cualquier mendigo de los que pululan por la corte y villa podría colgarse al cuello un cartel con la famosa frase del rey déspota: cEl Estado soy yo. y sin embargo, oh adorable condición de nuestro pueblo! seguimos creyendo en el Estado y confiando en el presupuesto com. o fuente inagotable de todo bien. Se han anunciado unas oposiciones á escribientes del Consejo de Estado, y al instante han acudido á ellas lo mismo que moscas á la miel, no sólo modestos amanuenses con buena letra, sino bachilleres en artes, licenciados de todas las facultades y doctores hechos y derechos con toda clase de macetas y borlas de colores. Todos van á la lucha con el mismo loable deseo de regenerar al p ís por medio de la letra inglesa, redondilla ó bastarda española; letras ¡ay 1 qne ni se descuentan en la plaza ni se cotizan en el mercado i ningún precio. Grave desilusión para los optimistas y no menor disgusto para los redentores. ¿No quedábamos en odiar para siempre á la maldita burocracia? ¿no habíamos convenido en hincar el hombro para levantar á la agricultura y á la industria? ¿no confiábamos en las fuerzas vivas del país? ¡Bah! Aquí no hay más fuerza viva que la fuerza de las circunstancias. Como ya pasó de moda el socialismo de la cátedra, somos aquí socialistas del puchero. La cuestión es que el Estado provea á las necesidades de todos, y aunque lluevan descuentos y amena cen cesantías, el bello ideal en España es habérnoslas con el habilitado á fin de mes y cobrar todos á un mismo tiempo y nómina discrepante. Meditemos, sí, meditemos. El famoso epígrafe de Lorenzana será siempre de actualidad. Esas oposiciones á escribientes del Consejo de Estado con su familia y larga cola de bachilleres, licenciados y doctores debe preocupar al Gobierno algo más que las oposiciones políticas de Silvela, Romero, Weyler, Polavieja, Mella y Salmerón. Cuando para el Consejo de Estado, que bien pronto dará sus últimos consejos, como quien dice sus últimas boqueadas son tantos los que aspiran á ser escribientes, ¿qué no sucedería si se anunciaran oposiciones parecidas en ciertos ministerios que no nombro y sobr- los cuales hay tanto que escribir? Desengañémonos y aconsejemos á Polavieja que se quite las gafas de una vez. Aquí hace falta un dictador. Ya que la gente disponible sólo se halla c n fuerzas para escribir al dictado. LUIS ROYO VILLANO VA DIBUJOS DK CILTJA