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A OCHO DÍAS VISTA KI Olleridórff en lacómlsión de París. -Teatro clásico y dlploaiacia moderna. -Razones y redondillas. -Dos espadas. Retrato de mister Day. -Buenas Intenciones. -Nuestro gozo en iin pozo. -Unas oposiciones al Consejo de Estadc- Sé necesita un álotador. ¿Saben ustedes algo de la comisión de París? -No sabemos nada de la comisión de París, pero sabemos de los triunfos logrados eh aquella capital ¡por María Guerrero. A primera vista parece que este diálogo está sacado del Ollendorff, y acaso la presunción sea cierta, porque no hay que olvidar que er Ollendorff con los diccionarios anejos son los únicos libros de consulta qué los señores de la comisión tienen á mano sobre los respectivos pupitres. El secreto diplomático nos impide saber si la honra nacional queda bien ó mal parada en el palacio de Qiiai d Orsay, pero la crónica de espectáculos nos anuncia ¡menos mal! que la hidalguía española y el honor castellano, definidos en los versos inmortales de nuestro teatro clásico, hau logrado aplausos y vítores en las tablas. No sabemos qué carga de argumentos y de poderosas razones habrá llevado á París el Sr. Montero Eíos, pero creemos que han de serle de más utilidad las audiciones de nuestros clásicos que las consultas por Gobierno del Sr. Sagasta. Entre las instrucciones de D. Práxedes y las redondillas de Moreto, de Alarcón y de Rojas, debe D. Eugenio optar por éstas; entre los deseos de Paigce? ver, más ó menos López, y los versos de Lope sin Puigcerver, son preferibles éstos á todas luces. Bien sé yo que D. Eugenio, oyendo á los actores españolea, dirá que la forma poética está llamada á desaparecer; pero ¿acaso no están llamadas á desaparecer con mayor premura las cosas que D. Eugenio lleva entre manos? Todas las brillantes razones que adujo el Sr. León y Castillo en favor de la desgraciada patria que descubrió el Nuevo Mundo, no tendrán ante los comisionados yanquis la fuerza de la siguiente quintilla de uno de nuestros clásicos: La victoria el matador abrevia, y el gue ha sabido y perdonar lo hace mejor, piles mientras vive el vencido, venciendo está el vencedor. Y todas las instrucciones del Gobierno de Madrid, por enérgicas y precisas qué sean, no tendrán la fuerza de aquellos coBocidos versos: Al rey la hacienda y la vida es patrimonio del alma, se ha de dar, pero él honor y el alma es sólo de Dios. Contra el enemigo vencedor no valen razones; y si la razón no ha de valemos, ¿por qué no apelar á la poesía? Para un tribunal que ya lleva la sentencia escrita, siempre será ínás convincente que la defensa del abogado la propia aplastante belleza de Friné desnuda; para equilibrar la balanza, inclinada por la espada de Breno, probemos á echar en el otro platillo la espada de cazo de nuestros galanes del siglo XVL Y así como el prisionero de la anécdota apelaba de la justicia de Filipo después de comer, á la justicia de Filipo en ayunas, estamos en el caso de apelar de la opinión yanqui en Quai d Orsay á la opinión yanqui después de oir á nuestros actores. Lo que no hagan por amor á la justicia acaso lo hagan por amor al arte loa compañeros de míster Day, de ese tenebroso míster Day que, como D. Lucas del Cigarral, es un caballero flaco, desvahído, macilento, muy cortísimo de talle y larguísimo de cuerpo, las manos de hombre ordinario, los pies wn pognillo luengos, etc. etc. etci