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HNTRH HERMANOS -Ya sabe usted que los quiero, que trabajo noche y día y que la casa mantengo- -Calla, Juan, gritó la madre. I Ya están aquil ¡Sil ¡Son ellos I II Entró primero un soldado y después un marinero, y en un abrazo la madre juntó y confundió ambos cuerpos. ¡Por fin, hijos de mi alma I ¡por fia he logrado veros! Y dirigiéndose á Juan, que en pie estaba y en silencio, ¡Qué! ¿No vienes á abrazarnos? los dos hermanos dijeron. -Bien venidos, Juan les dijo con tono cortado y seco. Sentados junto al hogar, los tres callados y serios, sin decir una palabra por largo espacio estuvieron. Juan fué el primero en hablar; ¡Bueno ha sido el chasco! ¡bueno! ¿Y para esto cavilo noche y día? ¿Para esto? -Yo no sé por qué trabajas, ni á mí me importa, ni quiero. Sólo sé que, proa al mar, nos metimos mar adentro, la muerte por esperanza y el fondo del mar por premio. Vomitaron los cañones, implacables, vivo fuego; como lluvia de tormenta la metralla iba cayendo; crujió el barco, y en la arena encalló roto y deshecho. ¡Buen desastre! añadió Joan. En los toros me dijeron lo ocurrido. ¡Qué desdicha el pensar que afios enteros TJ í? r I En un rincón del hogar la madre llora en silencio por el hijo que aquí tiene, por los hijos que se fueron. Su frente pálida y fría coronan blancos cabellos, y con negra vestidura encubre su débil cuerpo. Atín conserva en el semblante arrugado, triste y seco, de las pasadas grandezas y de la hermosura el sello. Eeina y señora del mundo llegó á ser en otro tiempo, y hoy triste llora abatida con llantos de desconsuelo. ¡Piensa en los hijos que vuelven al hogar pobre y desierto I Juan, que viene del trabajo, es en llegar el primero. Y aun cuando tiene costumbre del trabajo duro y recio, y de hierro está formado de tanto andar con el hierro, siente al llegar á su casa fatigas y desalientos. -Ya sabes, dice la madre, que esta tarde llegan. -Bueno. -Sabes que son tus hermanos. -Ya lo sé. -I Siento un deseo de abrazarlos I Hijos míos! L o que es para lo que fueron, mejor estaban en casa, contestó brusco el obrero. ¿No quieres á tus hermanos? DIBUJO DE MÉNDEZ BEINGA trabaja que te trabaja, para que os suceda eso i- -Pues yo, interrumpió el soldado, casi apenas lo recuerdo. Venía el aire encendido de metralla, plomo y fuego; sentí sombras en los ojos y sentí sangre en el pecho, y sé que para vosotros fué mi postrer pensamiento. ¿Y quién la culpa ha tenido de que haya ocurrido eso? dijo Juan. Los tres hermanos con viveza discutieron: -Tú. -No, tú. -Tú, dijo el otro. A punto que estando en esto, ¡Ya está la comida! dijo la madre. Hubo un momento de pausa, y tranquilamente los tres hermanos comieron. III Al terminar la comida les dijo la anciana: -Tengo, hijos míos, que deciros algo, y algo que no es bueno: aún no he pagado la casa. Vamos á ver lo que hacemos. -Yo, madre, dijo el soldado, yo apenas con sangre vuelvo. -Yo vengo como mi hermano, le contestó el marinero. Y Juan, después de una pausa, le contestó: ¡Qué remedio! Dios nos sacará dé apuros. Yo pagaré el cuarto! ¡bueno! Pero múdese usted, madre, á otro cuarto más pequeño. MANUEL PASO