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ce- X- p -n 7 J i i H tos mejores, sns pruebas más fuertes. Amaldo, con habilidad perversa de leguleyo corrompido, hecho á sostener indistintamente el pro y el contra, retorcía y desfiguraba las verdades; Herberto, sirviéndose como de un puñal de ciertos pasajes de la Escritura, los adaptaba á su error y le prestaba el rostro resplandeciente de la verdad; y Benato, sazonándolo todo con la corruptora sal de su ingenio, clavaba el aguijón de su ironía hasta el alma del campeón de Cristo. Escuchaba éste alrededor del tablado murmullos de mofa y carcajadas argentinas de mujeres, y un sudor glacial brotaba de su frente y un abatimiento mortal penetraba hasta la médula de sus huesos. Estrechando los brazos contra el pecho, sintió el realce de la efigie de plomo; un destello de luz clara, inmensa, alumbró su mente. Encarándose con sus adversarios, les dijo en voz que retumbó por todos los ámbitos de la plaza; -La razón humana es falible; la inteligencia una chispa que apaga cualquier soplo de viento. Me confieso vencido en la, disputa; vuestra sabiduría, vuestro entendimiento son mayores; yo no encuentro ya en mí mismo recursos para defender la justicia. No os alegréis, que no por eso me rindo todavía. Pues sostenéis que el mal es rtjás poderoso que el bien, llamadle en vuestra ayuda. TJna prueba, la primera y última, y me entrego. Traed tres copas llenas de vino, y que una sola venga envenenada. Sin moverme de aquí, sin acercarme á las copas, os diré cuál de ellas encierra la ponzoña. Y si me equivoco, hacédmelo beber. Ante lo terrible de la prueba, enmudeció el gentío, mientras los tres sofistas, haciéndose ir r ir- ai W guiños de inteligencia, corrían en busca de las copas. Por el camino fonvinieron en la más divertida farsa. Envenenarían las tre. y así que frsiy Filodeo señabihe una, á carcajada tendida se reirían de él. Asi lo pusieron por obra. Al colocar sobre una mesa, en el tablado, á vista de todo el concurso, la copa de oro, la de plata y la de barro llenas hasta el borde del rojo vino de la Provenza, vieron que el dominico, que tenía los ojos fijos en el cielo y reza- ba entre dientes, volvía de pronto la mirada hacia las copas y gritaba con fuerza terrible: -Siervos de Satanás, ¿creéis engañarme? ¡Las tres copas traen veneno, como vuestras tres almas están en poder del demonio! Y el atónito gentío y los aterrados herejes vierou surgir de cada copa algo que se movía, que ondulaba, que se erguía y latigueaba furiosamente, y que por fin se lanzaba fuera en dirección de los tres adversarios de fray Filodeo, mordidos á un tiempo por una víbora, de esas víboras negriazules que aún hoy. suelen enroscarse en Alby al tobillo del campesino descuidado. La dureza de corazón de aquel país era tanta, que á pesar de este prodigio no se convirtió, y fué casi destruido por los cruzados de Simón de Monfort en las guerras llamadas de los Albigenses. EMILIA PARDO BAZAíí T