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Criador del cielo y de la tierra, daban culto á dos principios: uno que causa el bien, otro much. 0 más poderoso que es origen del mal; de suerte que venían á ser adoradores del demonio ó antiguo dragón, y seguían sus huellas negando la obediencia, la sumisión y el respeto á todo poder, y siendo así precursores de otras herejías peligrosísimas que, en el terreno práctico, habían de ílamarse revoluciones. Ocurrió, pues, que un varón de Dios, inflamado en santo celo, apiadado de las muchas almas que diariamente caían al horno inrernal en aquella desgraciada ciudad de Tolosa- -fray Filodep, de la naciente y animosa Orden de los Hermanos Predicadores, que aquí nombramos Dominicos en memoria de su fundador Domingo de Guzmán, -resolvió ir á Tolosa y predicar en la plaza pública, retando á los herejes á qne disputasen con él, para convencerles á fuerza de in- efutables argumentos, demostrándoles que vivían esclavos del error y juguetes del espíritu maligno, qne los burlaba y los perdía. E r a friiy Filodeo hombre evangélico, de columbina inocencia, pero de agudo intelecto, alumbrado por u n a especie de aurora de la doctrina que después enseñó el divino Tomás, el gran Buey mudo; y su dialéctica robusta y armada de punta en blanco sabia acorralar y confundir á sus adversarios, obligándoles á reconocerse vencidos. Desde el instante en que fray Filodeo puso el pie en Tolosa, sintió ima turbación extrafia. Aquel aire, perfumado y seco, con rachas de solano abrasador, le oprimía; aquellos ros- Vk tros alegres, picarescos y burlones; aquellas mujeres, que sonreían echando eí cuerpo tuera de las ventanas enramadas de jazmín; aquellos hidalgos de bizarro atavío, que le miraban con cierta deferencia compasiva; aquella gente empedernida, que parecía de antemano burlarse mansamente de la palabra de Dios, todo causó al justo Filodeo dolorosa confusión y desaliento profundo. Como se filtra el arroyillo por la candente arena, su entusiasmo se filtraba al través de su espíritu. Asustado de su propia sequedad, Filodeo se arrojó á los pies de una imagen de la Virgen, una efigie de plomo de la cual no se separaba nunca, y pidió que le fuese devuelta la energía y que su voluntad no d e s m a y a s e n! cediese. Aquella misma noche supo que aceptaban su reto, y que discutirían con él en la plaza pública tres de los herejes más afamados; uno era el doctor en leyes Arnaldo, otro el canónigo Herberto, y el tercero Renato- -el trovador cuyas canciones disolutas, procaces y mofadoras, contra el Pontífice Romano, se cantaban en todas las callejuelas de Tolosa. -Para luchar con tres combatientes de tal brío, bien necesitaba fray Filodeo poderosa asistencia divina. Al subir el día siguiente al tablado, en derredor del cual hervía un gentío inmenso, el fraile llamó en su auxilio toda la ciencia aprendida, toda la habilidad polémica que le habían hecho tan famoso, y prevenido y resuelto aguardó. Entablóse la disputa, pero desde el primer instante fray Filodeo se dio cuenta de que iba á ser deiTotado en el torneo. Argüian por turno sus tres enemigos y desbarataban con infernal malicia sus razonamieii- W, kM it: