Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Suceso anhiextraordinario cuyo relato soñé haber visto en un diario, y no recuerdo en cuáX fué. tKuestra pluma se resiste, nuestro cerebro se ofusca, y en vano palabras busca entre el repertorio triste para hacer la descripción del drama ayer realizado, que á todo el mundo ha llenado de espanto y consternación. Empezaba á anochecer; aún brillaba en el ambiente ese polvo refulgente que el sol levanta al caer, y los últimos reflejos del astro de la mañana entre nubes de oro y grana se perdían á lo lejos. Hora en que el alma se inclina, sin saberlo, á la tristeza, y es porque la sombra empieza y porque la luz termina, y es la luz la vestidura de la dicha que píovoca, y es la obscuridad la toca que se viste la amargura. Las gentes, amontonadas, tenían en Recoletos todos los bancos repletos, todas las sillas tomadas, y en revuelta confusión se veía un hormigueo por el centro del paseo de Cibeles á Colón. Desfilaban los carruajes con las luces encendidas, é iban sus dueñas erguidas envueltas en ricos trajes y entre el murmullo infernal de aquella escena mundana, él Ángelus la campana entonaba en San Pascual, De repente, allá en la altura se oye un grito aterrador: según unos, de pavor, según otros, de amargura, y á poco un golpe profundo que hizo estremecer el suelo; algo como si del cielo cayese una estrella al mundo. Huyen temblando las gentes en opuestas direcciones: unos sufren revolcones, otros sufren accidentes, y entre el barullo y el ruido de la muchedumbre loca, llégase de boca en boca á divulgar lo ocurrido, y cede la agitación, y todo el mundo asombrado se repite: Suicidado I ¡I ¡Se ha suicidado Colón! 11 En efecto; allí á los pies del gigante monumento yace sobre el pavimento la efigie del genovés, y da pena contemplar aquel cuerpo inmóvil, frío, arrojado entre el gentío como víctima vulgar, despojo vil de la suerte, y á cuyo semblante yerto presta el crepúsculo incierto la lividez de la muerte; y completa la ficción el ver una carta al lado con el sobre dedicado al Juzgado de instrucción. A petición de la gente coge la carta un curioso, y en tono ceremonioso da lectura á lo siguiente: La vida que el Señor me concediera guardarla supe porque no era mía, y cuantos más tormentos padecía más larga le rogué que me la hiciera. Dios colmó nñs afanes; fui soldado, un mundo conquisté, se lo di á España, y en premio á tanto amor y á tal hazaña prisionero morí y abandonado. Andando el tiempo, el pueblo arrepentido resucitóme en mármoles y bronces, sin duda para darme lo que entonces me negaron la envidia y el olvido. Esta postuma vida pasajera es mía porque yo me la he ganado; así, pues, si hasta aquí la he soportado, arrancármela puedo cuando quiera, lía llegado el momento: me suicido; a causa todos la sabéis de sobra: juré solemnemente que á mi obra uo sobreviviría, y lo he cumplido. Ya que el imperio colonial ha muerto, muera con él mi efigie deleznable. Un mundo os entregué. Soy yo el culpable. ¡Quién me mandaba haberle descubierto 1 0 ó la carta el concurso con religioso silencio: unos se quedaron fríos como los marmóreos restos, con la vista en ellos fija y el alma clavada en ellos; otros, más indiferentes, regresaron al paseo á dar las últimas vueltas, pues se iba notando fresco; y á poco cerró la noche, quedó aquel sitio desierto, y envuelto en la negra sombra el gigante monumento, fuese trocando en escala por la cual desde los cielos bajaron cuatro angelitos y se llevaron al muerto.