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-ni Aquel baile en el salón de mármoles, invadido por todas las aristocracias de la capital ofuscantes de pedrería, celebrábase en agasajo á la doble boda de los dos infantes: la de ella con un príncipe dinamarqués de la familia reinante, apuesto y grave mocetón, y la de él con una princesa germánica, alada y espiritual. Y siguiendo el aire de la orquesta, sin mirarse nunca, defendiéndose con la fría rigidez de la etiqueta, clavada la vista en el suelo de grandes dibujos de mosaico, ó cuando más, en los tapices de la amplia estancia, iban y venían, constituyendo con sus esposos respectivos las dos parejas que excitaban todo el interés del sarao en el rigodón de honor de soberanos y proceres. Razones de Estado, exigencias de Cortes extranjeras, esa eterna y despiadada diplomacia que pisa los sentimientos naturales de las altezas sin pararse en lo que marchita! Y el idilio nacido en la tarde del cabello empolvado y de; la casaca guinda, el episodio bucólico de las amorosas citas en el parque regio, había concluido así, tristemente, pero sin rebelión, con la docilidad del que viene á los mayores goces de la vida sin el dominio de la voluntad pro pia. Y en aquel sarao, lleno de sarcasmo para los dos primos infantes y quizás (quién sabe! para los príncipes extranjeros que también poseían su juventud, ni una sola vez los ojos enamorados se encontraron, como si se temieran. La forzosa gravedad cortesana és en ocasiones un sostén donde se apoyan los dolores! IV También se celebraba un baile blanco en el salón de porcelanas del palacio, con su orquesta de cuerda sola; y los dos primos segundos, nacidos de los diferentes matrimonios de loe primos carnales (una rubita graciosa y esbelta que tenia de su madre la meridional vivacidad y de su padre el severo reposo del Norte, y un morenillo como su padre, gallardo, apuesto y guapo) constituían con el rigodón de honor la pareja adorable que se llevaba todas las miradas. Y los grandes del baile advirtieron que los dos niños, impresionados mutuamente, se contemplaban con embeleso dejando hablar á sus ojos con la ingenuidad de la infancia, y no se separaron en toda la noche. No muy lejos de ellos, los consideraban desde el hueco de un balcón una alteza de dulce hermosura, en sUs severos pero espléndidos cuarenta años de mujer arrogante y conservada, y un general en la plenitud de su vida alteza también, y con el atractivo del hombre en el que la gallardía se ha aumentado con la robustez máxima de la existencia. Y nadie, en el aturdimiento de la fiesta, vio la mirada que cambiaban los dos primos al descubrir aquel principio de enamoramiento en las candidas pupilas de sus hijos, ni nadie oyó, entre el rumor de la orquesta y de la gente, la exclamación de la infanta, brotada de los recuerdos de toda una vida: ¡Pobres niños! ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJOS DE MÉNDEZ BRTNGA