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De aquel rigodón infantil brotó el amor en que había de abrasarse su vida entera. Los dos constituían la pareja de honor del regio baile de niños; la infantita convertida en una damisela de las postrimerías del pasado siglo, con sus cabellos empolvados, su cuerpo de cotilla y su hueca falda corta, y el infante con su peluca, su chupa, su casaca de raso guinda, sus medias de seda y su diminuto espadín. En cuanto el infantito ofreció el brazo á su prima la infantita para salir al centro del salón, cambiaron la primera mirada y se sonrieron involuntariamente. Sus espíritus Cándidos de doce años se sintieron unidos por una atracción mutua al encontrarse guapísimos como nunca, y se cogieron también con ese brazo con que las almas se estrechan, quizás más tierno que el de los cuerpos. El baile se daba para presentar al mundo á los dos infantitos, y todos los niños blasonados que tomaban parte en la fiesta vestían como ellos, de época, describiendo graciosas figuras al son de un sexteto de cuerda en aquel salón de tiempos de Carlos IV, -con sus sillas de asientos bordados y sus palos y respaldos blanco y oro, sus consolas de mármol con retorcidas patas de áurea talla, y sus óleos de asuntos bucólicos en las paredes cubiertas de seda. Instintivamente se buscaba la suave figura de Mozart detrás del piano, y de las parejas danzadoras no brotaba una voz ni una risa, revelando unas infancias iniciadas de antemano en la corrección por esa vieja é inmortal aristócrata de terso rostro que se llama la etiqueta. Las personas mayores contemplaban el encantador cuadro con su extraña gravedad alemana desde la pieza contigua; todos los altos dignatarios tenían allí sus hijos. Y en el silencio de la estancia y de la serena tarde otoñal que entraba por las ventanas de par en par, sólo se ola el crujir de faldas de las presuntas damas al moverse y los acordes suaves del violín y el violoncello. II Sus amores no eran un secreto para nadie en la corte; rodaba de boca en boca entre los palaciegos que se veían todas las tardes entre los olmos del regio parque, por supuesto en presencia de las implacables damas ó inflexibles caballerizos, y se decía de público que en aquellas dos almas de príncipes adolescentes había llegado al fuego de una pasión voraz la Uamita surgida en la niñez en un día de cabello empolvado y casaca de color de guinda. Por eso los ojos de los convidados al gran baile regio con que los soberanos conmemoraban el segundo aniversario de la gloriosa batalla, se fijaron con rara unanimidad en la figura ideal de la infanta en sus puros veinte años, casta de frente, de actitud y de tocado, vestida de albos encajes, y en la silueta gallarda del infante en sus veinte también de edad, tan apuesto con su uniforme de gala de húsar. Y las miradas acechadoras vieron cómo, comprobando la leyenda amorosa, los dos egregios primos, al constituir una de las parejas del rigodón de honor, se envolvían uno á otro en un rayo de adoración de sus pupilas y se oprimian la mano al describir sus figuras, dejando tras de sí algo de suave y tierno, de acariciador en sus movimientos, de que carecía el resto del culebréamiento de oro y sedas que giraba en el amplio salón de espejos al compás de la banda de música de los guardias. Y hubo más; hubo el cambio de un billete dobladito entregado por la cabritilla de uniforme del primo á la cabritilla suavísima de la prima en un rápido enlace de dedos que las arañas del salón, siempre indiscretas, dejaron entrever con sus explosiones de luz, á pesar de la habilidad de sus altezas.