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Entró la criada del principal y dijo: -Buenos días, señoritos: ¿están ustedes gümosf D. Ambrosio contestó por todos, y la criada dijo- -Pues dicen mis señores que á ver si hacen ustedes el favor de no armar ese ruido por las noches, porque no lo pueden soportar, v á más que está nai amo enferm Todas las personas que había en la sala se miraron. ¿Ruido aquí? dijo Luisa. Si nosotros vamos todas las noches al teatro, y en cuanto venimos nos acostamos. La chacha y Modesta se habían puesto muy coló radas. -Diga usted á los señores, exclamó Modesta por fin, que está bien, que no habrá más ruido. Apenas se hubo marchado la criada del principal, llovieron las preguntas sobre Modesta y la criada antigua. ¿Se puede saber qué pasa en mi casa por las noches? gritó D. Ambrosio. ¿Es decir que aquí hay jarana en cuanto nos vamos? exclamó Aurora. ¿Te pasas la noche bailando, hija mía? preguntó Luisa. Modesta pe echó á llorar y se marchó corriendo. Ya iban á seguirla todos, cuando Isidoro dijo: -No es nada, D. Ambrosio; yo les diré á ustedes lo que pasa; déjenla ustedes llorar se ha asustado, pero en fin, todo se arreglará ¡hasta otro rato! II Desde aquel día Modesta fué objeto de todo género de bromas, que se hubieran prolongado hasta convertirse en insultos si un suceso inesperado no hubiera venido á absorber toda la atención de la familia. Una noche, al volver del teatro D, Ambrosio, se sintió malo; á la madrugada se sintió peor, y á la mañana siguiente dijo el médico que no duraría tres días, porque tenía nada menos que una pulmonía fulminante. -Sí, dijo D. Ambrosio, que enfermo y todo conservaba B mal humor y su franqueza; se empeñaron ustedes en U que con sesenta y cinco años saliese todas las noches al teatro, á los bailes, al demonio, y es natural, reventaré como una bomba! Luisa y Aurora comprendieron tarde que el pobre viejo tenía razón, y lloraron desconsoladas. Isidoro entró en la alcoba y dijo: -D. Ambrosio, quisiera revelar á ustedes un secreto. -Dejadnos solos, dijo el enfermo á sus tres hijas. -No, dijo Isidoro; que se queden. Y habló de esta manera: -Yo, señor, hace mucho tiempo que tengo pensado casarme con Modesta. DIBUJOS DH BLANCO CORIS El enfermo, Luisa y Aurora se quedaron estupefactos. -Y como ella y yo somos pobres, continuó Isidoro, hace mucho tiempo que, contando con el permiso de usted, estamos preparando) a boda. Luisa y Aurora, aunque parezca extraño, rechinaban los dientes. ¿Se acuerdan ustedes de aquel cajón que tanto excitaba su curioI pre jQntó Isidoro. -Sí, sí. ¿Qué era? -Pues era una máquina de coser que adquirió Modesta á medias conmigo, y con ella y dos piezas de tela que teníamos compradas con nuestros ahorros, ha hecho Modesta en tres meses todos los trapitos para nuestra casa y un I equipo modesto de novia. Mientras ustedes se divertían y gastaban dinero, Modesta y yo ahorrábamos y hacíamos nuestra cuenta. Ese era el ruido que tanto molestaba á los del principal: la máquina de coser, que parece una tormenta deshecha, D. Ambrosio se incorporó en su lecho, extendió los brazos, y en ellos se- arrojaron Modesta ó Isidoro, mientras la voz del padre decía: -Hazla muy feliz, que es muy buena ¡Hija mía, bendita seas! Diez minutos después expiraba, sin haber dirigido una palabra á Luisa ni á Aurora. III De esto hace un año. Modesta y su marido son los esposos más felices del mundo. Modesta, sin embargo, tiene una pena. Su marido le ha prohibido todo trato con sus hermanas. Luisa y Aurora, sin padre, sin educación, sin recursos, han acabado por ser dos aventureras Era natural 1 En La Correspondencia del otro día se leía el siguiente anuncio: Se vende una máquina de coser casi nueva, en la calle del Bonetillo, núm. 17, cuarto sotabanco. Modesta y su marido leyeron este anuncio, y se les arrasaron los ojos de lágrimas. ¡Es mi máquina! dijo Modesta. ¡El secreto de nuestra felicidad! No me la quisieron dar cuando me casé, y ahora la venden- -Para ir al primer baile de máscaras de este año, dijo Isidoro con desprecio. ¡O tal vez para comer mañana, Isidoro! dijo Modesta ¡Ve y cómprala! Isidoro la ha comprado, y ocupa el lugar preferente del gabinete de su esposa. Luisa y Aurora no necesitaban venderla para comer, porque no les falta dinero. La vendieron porque la máquina en la casa era un mueble ridículo, inútil. ¡Porque es una máquina de coser, y esas desventuradas no saben! EusBBio BLASCO