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LOS DOMINGOS EN MADRID El domingo es el descanso de la semana, el codiciado descanso para el obrero que durante la semana, encerrado en la fábrica, en el taller ó subido en el andamio, gana con el sudor de sus brazos el pan dé los suyos. Pero el domingo es otro: la cara se lava, del cofre salen los cuatro trapitos de limpio y la camisa recién aplanchada por la mujer, y con los I te allá va la pareja á pasar la tarde, merendando en las afueras, buscando alegría, aire y luz. I i- I ti) el domingo es un día grande; para los demás es iMi- i! y hasta si se quiere el más aburrido. ervir, la ilustre? friégona piensa en el domingo toda ii. -i. iHe el día que llega, friega mal y de prisa, atrepella los platos y sirve á la mesa ráirando con el rabUlo del ojo al reloj, porque á las dos está citada con una de su pueblo para ir juntas á DB VUELTA DE AMANIBL las Ventas ó á la Fuente de la Teja á bailar al son del organillo ó de la bandurria de los ciegos, á subir á los columpios y á montar en los caballitos del Tío Vivo, de los que tienen letreritos de Moscou, Santander, Berlín, Almagro, etc. Por el camino, y mientras llegan, van charlando de los amos, y salen á relucir la vida y milagros de los respectivos señoritos. Ya en el baile, no falta un militar que las obsequie con mojama fina de Alicante ó alcagüés, ó bien chufas; las que son delicadas no aceptan más que agua; después del cumplido, el militar saca á bailar á su pareja, y a tímida doncella, seducida por el correaje y la gallardía del soldado, se enbrega al baile, en tanto eJ organillo sigue quejándose comS un reumático. Al anochecer tei- iáina el jaleo; las criadas aprietan el pasó; hay que llegar á casa de los amos antes de la hora de la comida, porque si no, la señorita se ve en el caso de decir: tPero Ramona, ¡qué cuajo tiene usted) ¡vaya una hora! ¡Si no la hubiera dejado salir) La criada se mete en la cocina refunfuñando, U S B A I L E EN LOS CU ATEO CAMINOS vuelca en la sopera el puchero de la sopa sin enterarse de cómo está, y es claro, luego es el protestar del señorito, que dice: Esto no se puede comer) ¡es bazofia) Pero la criada, en cambio, sueña más tarde con aquel militar tan gallardo que la ofrecía chufas y altramuces y la juraba que era del mismo Córdoba. Otro elemento indispensable: los señoritos chulos; con el sombrero inclinado sobre la cara, el pañuelo cruzando el cuello de la camisa, la americana ajustada al talle, balanceando los brazos con jacarandosos movimientos como al que le tocan un pasacalle, pisando firme y hablando recio, porque así deben hablar los hombres curtidos en la vida, el señorito chulo se encamina á uno de los bailes entra haciéndose cargo del mujerío con una mirada, porque para eso tiene un golpe de vista como nadie, y después se dirige á la que le ha parebido más castiza, d i c i é n d o í a lOigatisfed, reina madre, ¿pué ser? A la mujer, al verle, la da una paráhsis, se sugestiona y no tiene más itimeTÍO VIVO E í í LA PÜBETA DE TOLEDO