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r r... í v i a ¡c la casa, porque raro es el día en que el cadáTer de un ratón, á las primeras horas del día cuando los porteros hacen la limpieza, no pruebe al Estado que los roedores de papel oficial tienen en mi amigo un perseguidor implacable. Pero es muy bueno; y sobre todo, muy agradecido. En los primeros días en que nos conocimos, me miraba de reojo. ¿Quién es este sujeto, nuevo para mí? debía pensar. Se lo conocí en la cara. -Yo soy un hombre algo más humanitario que otros muchos hombres, y casi tan fiel á te amistad como muchos animales. No me mires así, porque ya me han hecho bastantes gatadas en este mundo, y si empezamos mal nuestras relaciones, te llamaré hombre, como Schopenhauer á su perro cuando quería insultarle. Este primer discurso pareció tranquilizarle un poco; y á los dos días, habiendo yo sentido debilidad á eso dé las cuatro de la tarde, hube de enviar á comprar una empanada de pescado á la Mallor quina. Dreyfus saltó á la mesa, y merendamos juntos. Desde entonces quedó sellada una amistad que no ha durado mucho, porque yo suelo durar poco en los ministerios. A Dre 2 MS le respetan todos los Gobiernos. Es íecwíco í; Ya sabía á las horas en que yo llegaba. Me esperaba á la puertáj rozaba su lomo contra mi pantalón, abría la boca, sin duda para recordarme que no había perdido el apetito, y se dormía á mi lado. Le dije al auxiliar que llevaba el libro de señas de ínis relaciones: -Ponga usted én la letra D á mi arnigo Dreyfus. ¿Señas? me preguntó. -En la calle de Alcalá, 11. ¿Profesión? Iba á decirle funcionario público pero por no molestar i, Dreyfus, dije: -Escribano. La víspera de mi cesantía, el buen amigo estaba triste y me acompañó hasta la puerta. í; V: ¡Ya hizo más que lel ministro, que ni siquiera me avisó! Los hombres son así; qué le hemos de hacer! ¿1. EusEBio BLASCO