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de riguroso invierno y sudando como pollos. Y el joven rey, que tenía un espíritu sincero y leal, se indignó ante la comedia, y miró á sus cortesanos con desprecio proíundo, reparando que en cosa tan sencilla y patente le mentían y engañaban sin temor. Acometido de tristes recelos, pidiendo la verdad á la ciencia, Basilio llamó á un médico, y le preguntó si el terrible frío que sólo él padecía sería debido á mortal enfermedad. Reflexionó el sabio, y después quiso saber si el rey notaba el mismo frío en todas partes. Abriendo una ventana, suplicó á Basilio que se asomase; y cuando éste pensó tiritar y morir belado, observó que, por el contrario, el aire exterior le calentaba y reanimaba mucho. -La solución de este prollema no depende de la Medicina declaró el doctor. -V. M. no et- tá enfermo. No me consulte á mí, sino á su conciencia y á Dios; y pues aquí tiene frío y ahí no, salga, salga á todas horas; viva fuera de este palacio fatal. Y Basilio salió, en efecto, huyendo de la espléndida morada en que se congelaba su sangre, y los mermóles parecían témpanos, y los dorados, irisaciones del sol en las paredes de alguna nevera. Echóse á la calle, gozando con delicia la suave teraoe atura, -y poco á poco fué tomándose interés en lo que le rodeaba y estudiando y conociendo lo que preocupaba y convenía á sus vasallos. -Vio con estrañeza que el mundo no era como sus cortesanos lo pintaban, y le pareció que se le barrían de los ojos unas telarafiitas y que el cerebro se le despejaba y se le despabilaba el sentido. Mil cuestiones que no comprendía se le aparecieron claras, transparentes; conoció las ne cesidades, oyó las quejas, se asimiló las aspiraciones, hizo suyos los deseos y los afanes: del pueblo, y de tal modo se identificó á la vida de sus subditos, que su corazón llegóá latir enteramtrite al unísono del gran corazón de la Patria, cerno si á los dos los alimentase la misma sangre y los dila tasen y contrajesen iguales alegrías y tristezas. Basilio estaba transportado; lo único j que todavía le cont ariaba era que, al retirarse á palacio, le acometía el frío otra vez. Y en un momento de inspiración, te le ocurrió que pues fuera ha cía calor, quizá el palacio se templaría abriendo de par en par las puertas y las ventanas para que lo llenase el ambienv te exterior, la- i ráfagas de la calle, y hatta la gtnte de la calle, la gente humilde. Y á medida que el putblo, rtspe tuoso y lleno de amor por BU buen monarca, reconia las es tancias tnagiiíftcas, verificábase el portento: derretíase el hitlo, el aire se hstcía blando, temp ado, las avecillas de las pajareras cantaban, los tiestos ñort cían, leía el dulce hálito de la primavera. Resuelto estaba el enigma; Basilio XXVII no volvió á tener frío en su palacio. EMILIA PARDO BAZÁN DIBUJOS DE E S T B V A N