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al quinto cielo, fué que, por vía de ejemplp, Basilio refería allí con pormenores la historia del Palacio frío. Y nosotros, al traducirla del enorme volumen en lengua alemana en que el sabihondo la deslió, enriqueciéndola con toda especie de documentos, glosas, advertencias, referencias, notas, comentarios, pianos y estudios comparativos con otras tradiciones dé Magna y de los demás pueblos del mundo, la extractamos rápidamente, y sólo damos en forma escueta el relato del extraño suceso por el cual se llamó río el palacio de Basilio XXVII. Es el caso que cuando el joven Basilio heredó la corona, hallóse en un estado de ánimo parecido al fervor de los que ingresan en una orden religiosa, y se dio á pensar cómo debía conducirse á fin de cumplir sus deberes y desempeñar á perfección la alta y ardua tarea que le señalaba el destino; Penetrado de la grandeza y hasta de la santidad de su cargo, pidió á Dios luz y fuerza, para que su nombre pasase á la Historia con la aureola y el prestigio de los reyes que saben ejercer el poder sumo en provecho y honor de la patria. Sin embargo, tan excelentes intenciones se estrellaban contra una dificultad: el rey quería el bien, pero no sabía dónde buscarlo. Así las cosas, y mientras Basilio cavilaba en el modo de acertar, empezó á darse cuenta de un sorprendente fenómeno; y es que dentro de su palacio- -aquel deleitoso palacio construido por una reina enamorada como albergue de la dicha, y enclavado en un oasis, en lo mejor de uñ país de clima naturalmente benigno, -hacía frío, mucho frío, un frío cruel. La sensación de este frío, al principio sutil y casi imper ceptible, iba siendo á cada paso más fuerte y penetrante. Nadie dudará que el rey aplicó al punto los remedios que suelen emplearse contra el descenso de la temperatura; y el primero fué abrigarse, envolverse en ropas de invierno. Desde la hopalanda de. acolchada seda, hasta el manto de finas pieles de rata polar, colchón vivo que crea una atmósfera suave y tibia en tornó del cuerpo; desde el casacón de terciopelo de media pulgada de alto, hasta la funda de raso rehenchida de plumón de pato silvestre; desde la vedijosa zalea de cordero blanco, hasta la gruesa manta liñuda, Basilio usó y llevó cuanto juzgó apropósito para entrar en calor, sin que se desvaneciese aquel frío singular, siempre más intenso. Desesperando ya del abrigo suyo, se dio prisa á calentar el palacio. De entonces procede la construcción de las suntuosas y amplias chimeneas que por todas partes lo decoran, y en las cuales noche y día se quemaba un monte entero de leña seca, levantando mil lenguas y jirones de llama, No se conocía otro sistema de calefacción, pero con aquél sobraba para disipar cualquier frío natural y explicable en lo humano. No obstante, el frío continuó, arreció, redobló, invadiendo ya la médula del s rs é -T I rey, que daba diente con diente á todas horas. Cuando Basilio XXVII preguntaba á sus ministros y magnates y á los mil agradadores que bulen alrededor de los poderosos si sentían omo él aquel extraño frío, le desesperaba oir- les responder vagamente que sí, y al mismo liempo verles andar á cuerpo y abanicarse, I 1! -i- acogía castañeteando. Notaron los áulicos la lili. 1 soberano, quisieron llevarle la corriente, y fue muy gracioso verles fingir que también se helaban, vestidos