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ISABEL DE AUSTRIA LA VÍCTIMA CORONADA Cuando se pensaba en los crímenes del anarquismo y se tomaban precauciones para proteger á las personalidades ilustres que la infame secta amenazaba, nadie podía imaginar que la nueva víctima había de ser una señora anciana, completamente alejada de los negocios públicos, sin intervención ninguna en la dirección de los Estados, y doblemente respetada por sus virtudes, que eran preclaras, y por sus penas, que no podían menos de ser simpáticas á todas las madres que lloran la muerte de un hijo adorado. La emperatriz Isabel de Austria era, en medio de la Europa culta, una imagen viva del dolor buscando consuelo á sus aflicciones y alivio á sus males en el contacto directo con la Naturaleza, viviendo, más que bajo los artesonados de los palacios, bajo las bóvedas del cielo, y confundiendo los suspiros de su pecho dolorido con el rumor de las olas del mar y con el murmullo del viento en los árboles de los bosques. Un hermoso día de la primavera, del año 1864, la hermosa niña de los bosques de Possenhofer ciñó á su gentil cabeza de cabellos de oro, con las flores de azahar de la desposada, la imperial diadema de Austria- Hungría. No iba ella á los palacios imperiales de Viena á reinar, sino á amar y á ser amada, y más que el aparato de la corte, la gustaba la tranquila soledad de los jardines, bañados por las azules aguas del Danubio. El primer fruto de sus amores fué una hija, la archiduquesa Gisela, que aún vive; el segundo un hijo, que colmó su felicidad, y que fué más tarde causa de su desventura: el archiduque Rodolfo. Cuentan que fué este vastago imperial, desde sus primeros días, uno de esos querubines con mejillas dé rosa y nieve y ojos de color de cielo, que constituyen el embeleso de las madres. La emperatriz le amó con toda su alma y le cuidó con todas sus ternuras, y según el niño crecía más aumentaban sus encantos, y con ellos el delirio de su madre. El querubín se convirtió en niño hermoso, el niño en joven apuesto, el joven en hombre inteligente, y la que le había llevado en su seno, la que le habla mecido en su regazo, la que le había ayudado á dar los primeros pasos y le había enseñado á rezar las primeras oraciones, se consideraba cada vez más feliz al ver cómo se realizaban sus esperanzas, siendo gallardo, inteligente, fuerte y bueno el fruto de sus amores, el heredero que había dado al trono. Una tragedia horrible puso fia á las venturas de la madre y á las esperanzas de la soberana, y desde el día en que abrazó el cadáver yerto de su hijo ya no hubo venturas para ella. Sus dolores de madre reanudaron sus penas de hermana. Sofía, la que ciñó la corona de Ñapóles, había sido destronada; su hermano político, el hermano mayor de su marido, fusilado; su sobrina preferida estaba loca; tenía motivos para desdeñar los esplendores del mundo y buscar á Dios en la soledad. Sus penas se aumentaron hace dos años cuando su hermana menor murió abrasada en el incendio del Bazar de la Caridad en París. En uno de sus viajes la ha sorprendido el infame asesino que asestándola rudo golpe ha puesto fin á su vida. Había llegado para ella el reposo eterno, y había llegado por el camino del martirio. La última que ha ceñido ha sido indudablemente la más espléndida de sus coronas. KASABAL