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No era hombre que se descubría fácilmente, y así era que nuestras continuas conversaciones se reducían á discusiones literarias ó á comentar cualquiera de los sucesos sin importancia ocurridos durante el día. Una tarde me permití invitarle á tomar una taza de café; aceptó el hombre, aunque con algunos reparos, y después del café y de una copa de coñac, queriendo D. Julio corresponder á mi obsequio, pidió una botella de cerveza, y después de aquella otra, y luego otra, y por último sus ojos, de continuo velados y tristones, cobraron un brillo inusitado, y la palidez habitual de sus mejillas se cambió por un ligero tinte de color de rosa. ¡Oh! La cerveza es mi delirio. He vivido tantos años en Berlín! Estas últimas frases las pronunció con una profunda tristeza. -Me ha sido usted simpático, me dijo; suele usted á veces pensar como yo, y voy á tener con usted una confianza que no he tenido con nadie. Va usted á venir conmigo á mi casa. Quiero presentar á usted á mi mujer. Yo, que soy poco amigo de presentaciones, anduve un tanto rehacio en aceptar la tan señalada distinción, y procuré excusarme. -Sentiría molestar, dije, á su señora D. Julio me miró y soltó á reir á carcajadas. ¡Molestar! ¡molestar! decía riendo á más y mejor. ¡Molestar á mi mujer! No hay en el mundo nadie que pueda hacer semejante cosa. Ea, vamos, y se convencerá usted. Cruzamos el paseo, descendimos por una calle estrecha y mal empedrada, y á pocos pasos entramos en un gran jardín que rodeaba las cuatro fachadas de un elegante hotel. A la puerta del edificio una mujer, casi una niña, nos saludó con los ojos bajos y encendida la color. -La, hija del jardinero, me dijo; y seguimos v íí adelante hasta que llegamos á un amplio salón. Jiji y allí fué mi sorpresa al encontrarme con que aquéllo que yo me figuré que sería un magnífico salón Luis XV, no era otra cosa que una inmensa fábrica. Motores, cilindros, poleas, ruedas y más ruedas, ¡qué sé yo lo de artefactos y máquinas que había en el salón! amén de más de una docena de cacharros eléctricos cuyos nombres y aplicación ignoraba y aún ignoro. D. Julio se sintió orgulloso ante mi ignoríincia ante mi sorpresa. Confieso con rubor que no entendí ni una sola palabra de cuantas expUcaciones me hizo de los objetos que presentaba ante mi vista. Pasó largo tiempo sin que yo viera mujer alguna, y D. Julio, haciéndome sentar, me dijo: -Va usted á conocer á mi esposa, que no la conoce nadie en el mundo; pero antes escuche usted un breve relato. Le aseguro á usted que seré breve. Yo he pasado toda mi juventud estudiando electricidad en Bélgica, en los Estados Unidos y en Alemania. Jamás tuve amigos, ni jamás hice esas calaveradas que suelen hacer los jóvenes estudiantes. Asómbrese usted de lo que voy á decirle. ¡No he tenido nunca novia! La ciencia, y sólo la ciencia, ha consumido mi juventud. Por el estu. -a. c? dio no he sentido amor, sino idola i tría; los problemas científicos han sido mi única preocupación. L na tarde cruzaba yo distraído una de las calles de Berlín, cuando tropecé con una mujer, ¡qué digo una mujer I una virgen alemana elegante y soñadora. Sus ojos azules inundaron mi alma de una claridad bienhechora, y sentí de pronto tan extraños sentimientos, que estuve á punto de llorar coií. o una criatura. ¿Usted comprende que uno se