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H f. LA VIRGEN AZUL A fe mía que lo que menos pensé fué encontrarme con aquel hombre en semejantes lugares. Más abajo del Campo de los Mártires, enclavado en la Alhambra de Granada, se extiende una pintoresca barriada de casas pequeñas y limpias, en las que si falta el confort moderno, sobran en cambio las flores en los diminutos liuertecillos y las caras de cielo de las mocitas del barrio. Él sol bate de continuo aquellas casas recién enjalbegadas; no cesa el monótono chirrido de las cigarras; las magnolias mueven suavemente sus abanicos de verdura, y el viento, perfumado y liviano, lleva ensueños al alma y pereza al cuerpo. Es aquello quizá un pedazo de tierra para soñar, donde la naturaleza puso un almohadón de flores para que durmieran los enamorados, velados por un rayo plateado de la luna. Y allí encontré á mi hombre, el ser más estrafalario y raro que he conocido en toda mi vida. Muchas tardes, por aquel amplio paseo del Campo de los Mártires nos solíamos hallar solos. Él caminaba de prisa de un lado á otro del paseo, no como quien va á distraerse, sino como quien cumple una obligación ó una penitencia. Como el sujeto y yo éramos las más de las veces los únicos concurrentes á aquel lugar, pasados muchos días puede decirse que existía ya entre nosotros cierta extraña amistad. Aquel sujeto se me antojó al principio loco de remate, á juzgar por los visajes que hacía. Pasado algún tiempo me saludó con una inclinación de cabeza, á la que contesté, y más tarde, no recuerdo con qué motivo, cambiamos la palabra, y desde aquella tarde puede decirse que fraternizamos en ideas y sentimientos. AV c c; v I El caballero- -á quien llamaban D. Julio, -á pesar de ser andaluz puro y neto, sus facciones blancas y suaves, sus ojos intensamente azules y sus cabellos rubios peinados con artístico descuido, le asemejaban á los hombrea del líorte, fríos en la apariencia, pero apasionados en la intimidad.