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tésicoB que hoy süeleii empieaf sé paía extracciones dolorosás, f aünqUé s 6 tuviese noticia de elloB, nadie sé atrevería á usarlos, arrostrando el peligro y el descrédito que originaría el menor desliz en tan delicada materia. Tenía, pues, Águeda que afrontar el dolor con los ojos abiertos y el espíritu vigilante, y dominar sus nervios de niña para que no se sublevasen ante el atroz martirio. Desviados, salientes y grandes eran sus dientes todos: había que desarraigarlos uno por uno. Águeda, cerrando los ojos, fijó el pensamiento en Fausto; temblorosa, yerta de pavor, abrió la boca, y sufrió la primer tortura, la segunda, la tercera A la cuarta, como se viese cubierta de sangre, cayó con un síncope mortal. Descanse usted en su casa opinó el dentista. Volvió sin embargo á la faena al día siguiente, porque los fondos de que disponía estaban contados, y la urgía regresar al pueblo No resistió más que dos extracciones; pero al otro día, deseosa de acabar cuanto antes, soportó hasta cuatro, bien que padeciendo una congoja al fin; pero según disminuían sus fuerzas se exaltaba su espíritu, y en tres sesiones más quedó su boca limpia como la de un recién nacido, rasa, sanguinolenta Apenas cicatrizadas las encías, ajustáronle la dentadura nueva, menuda, fina, igual, divinamente colocada: dos hileritas de perlas. Se miró al espejo de la fonda; se sonrió; estaba realmente transformada con aquellos dientes; sus labios ahora tenían expresión, dulzura, morbidez, una voluptuosa turgencia y gracia que se comunicaba á toda la fisonomía Águeda, en medio de su regocijo, sentía mortal cansancio; apresuróse á volver á su pueblo, y á los dos días de llegar, violenta fie bre nerviosa ponía en riesgo su vida. Salió del trance; convaleció, y su belleza, reñoreciendo con la salud, sorprendió á los vecinos. Un acaudalado cosechero, que la vio en la feria, la pidió en matrimonio; pero Águeda ni aun quiso oir hablar de tal proposición, que apoyaban con ahinco sus padres. Lozana y adornada esperó la vuelta de Fausto Arrayán, que se apareció muy entrado el verano, lleno de cortesanas esperanzas y vivos recuerdos de recientes aventuras. No obstante, la hermosura de Águeda despertó en él memorias frescas aún, y se renovaron con mayor animación por parte del galán los diálogos y los ventaneos y los paseos y las ternezas. Águeda le parecía doble mente linda y atractiva que antes, y un f ueguecillo impetuoso empe zaba á comunicarse á sus sentidos Cierto día que hablando con uno de sus amigos de la niñez mani festó la impresión que le causaba la belleza de Águeda, el amigo respondió: ¡Ya lo creo! Ha ganado un cien por cien desde que se puso dientes nuevos. Atónito quedó Fausto. ¿Cómo? ¿Los dientes? ¿Todos, sin faltar uno? i Cuánto arrastra la vanidad femenil! Y soltó una carcajada de humorístico desengaño Cuando, años después, le p r e g u n t ó a l g u i e n por qué había roto tan com pletamente con a q u e l l a Águeda, que aún permanecía soltera y llevaba trazas de seguir así toda la vida, Fausto Arrayán- -ya célebre, glorioso, dueño del presente y del porvenirrespondió, después de hacer memoria un instante; ¿Águeda? ¡Ah, sí! Ahora recuerdo ¡Porque no es posible que entusiasme una muchacha sabiendo que lleva todos los dientes postizos! sXC E. PAEDO BAZAN DlEWOS DE HÜKRTAS