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La señora coge al perro y le besa en el hocico con frenesí; el esposo, á su vez, le rasca la barriguita, y así se pasa las horas muertas aquel matrimonio sucio y antipático, que no le da de comer á la criada y en cambio obsequia al perro con bizcochos y lo envuelve de noche on una manta para que no se constipe. Yo tuve nna novia que dormía con un gato, y un día, porque quise reprenderla, se irguió furiosa y me dijo: -Toda tu oposición no conseguirá que me separe de mi Morrongo. -Pues bien, contesté con dignidad, elige: ó el gato ó yo. -Morrongo, exclamó ella estrechando al minino contra su seno. No he vuelto á saber nada más de aquella novia ni de sus relaciones gatunas; pero supongo que se habrá quedado soltera por no separarse de Morrongo. Hay personas, al parecer serias y de altas miras sociales, que aman con todo su corazón á un perro, ó una cotorra, ó á un galápago. Koches pasadas sorprendí en la calle de Alcalá á D. Gaudencio; uno de los prohombres más ilustres del partido conservador: bajaba por la acera embozado hasta los ojos y mirando á todos lado? coa cier ansiedad mal disimulada. ¿Qué buscará por aquí este personaje? díjeme á solas. ¿Irá á renpirs pb S sn Treligionarios para adoptar alguna resolución política trascendental? Puede que vaya á casa u nn fin misterioso. Quizá se dirija al domicilio de López Domínguez, ó al de Castelar Qbse D. Gaudencio siguió calle de Alcalá arriba en dirección á la estatua ápiírtero. Al llegar á la verja se detuvo, subióse el embozo hasta las cejas y se ocultó detrás del pedest: nés lanzó un silbido, luego otro ¡Nada! D. Gaudencio golpeó el suelo con el tacón de Is bota derecha. Estaba impaciente y nervioso. De pronto, y como si acabase de adoptar una enérgica resolución, salii! s (í escondrijo y se dirigió, rápido como el rayo, á una taberna situada frente á la estatua. Empujó la puerta y penetró resueltamente. Oyóse un ladrido ahogado. D. Gaudencio acababa de apoderarse de un perro que dormitaba sobre ut h meo de la taberna. Seguro de no haber sido descubierto por nadie, apretó contra su corazón preciosa carga y volvió á emprender el camino recorrido D. Gaudencio había visto el can á la puerta de la taberna una tarde al vjlver del Retiro, y qniso comprarlo; pero el tabernero se negó á venderlo. Entonces, el hombre grave, el político eminente, pensó en apoderarse de; at mal por la fuerza. Y su amor á los animales le condujo hasta el extremo de robar el huir cobardemente como un tomador cualquifera. 0 h el ampr á los g í m a l e s!