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lísimas á la constitución de la nacionalidad mientras duró el conflicto secular entre el poder real y la aristocracia. Acabado el conflicto, atrofiáronse. Ningún soberano español ha reunido más Cortes que Felipe II. Siendo regente, las convocó en Monzón y en Valladolid. Después las reunió en Valladolid (1558) en Toledo (1560) en Madrid (1563) en Monzón (1564) en Madrid (156 Y) en Córdoba (1570) y en adelante siempre en Madrid en los años de 1573, 1576 á 1578, 1579 á 1582, 1583, 1586, 1588 á 1592, y 1593 á 1598. Faé severo y aun cruel en el castigo de los delitos contra la fe, á imagen y semejanza de su tiempo y de su pueblo. El pecado religioso era crimen político en los siglos XVI y XVII. En Francia degollaban y proscribían á los hugonotes; Calvino quemaba á Servet en Ginebra; los soldados del duque de Orange no daban cuartel á un católico; en Inglaterra regía la ley que condenaba á todo jesuíta hallado en territorio británico á la pena de ser ahorcado y descuartizado después. Por todas partes ardían las hogueras, matábanse los hombres á miles. España, en el delirio de la exaltación mística, hubiera dado todos sus hijos por purgarse del pecado de herejía. Si España no se dio punto de reposo en la lucha sucumbiendo antes que retirarse, Felipe trabajó sin descanso hasta morir. En todo entendía. No había documento público que no leyese, y las notas de su mano que nos ha dejado llenarían muchos gruesos tomos. Sus vastos Estados no se dejaban gobernar fácilmente. Aragón se alzó en defensa de sus fueros, con más alborotos que motivo. Pudo no estar acertado el rey en algo de lo que entonces hizo, pero iJrp menos lo estuvieron los aragoneses y la Inquisición. Pagó por todos y por algunos bribones D. Juan de Lanuza, que era un pobre diablo. América le dio bastante que hacer. La legislación indiana le debe muchos de sus mejores y más liberales monumentos. Mandó hacer la descripción geográñca y el mapa de España; el estudio de la geografía, fauna, flora y mineralogía del Nuevo Miiudo; reunir la biblioteca del Escorial y otras; formó en su palacio una Academia de Matemáticas; fundó, mejoró ó acrecentó las Universidades y Colegios de Granada, Santiago, Tortosa, Zaragoza, Ofiate, Gandía, Almagro, Orihuela, Baeza, Gerona, Oviedo, Méjico y Santo Domingo; mandó reunir los documentos que forman el archivo de Simancas; creó la Casa de la Moneda de Segovia, la de pólvora de Pamplona, y dispuso la construcción del pantano de Alicante. Cuidó mucho de la defensa del reino. De su tiempo son los fuertes de Pamplona, Fuenterrabía, Fregenil, Jaca, Rosas, Peñíscola, los Alfaque? de las bocas del Ebro y del Júcar, Cartagena, Setubal, Peniche, San Antón, Morro de la Coruña y otrop, en la Penínsulíi; los del Morro y San Cristóbal en la Habana; los de Santo Domingo, Puerto Eico y Cartagena en Indias; los de Otranto, Brindisi, Ñapóles y oíros, en Ñapóles, y muchos más en el Milanesado, los Países Bajos y Norte de África. Levantó innumerables torres, de Colibres á Ayamonte, para defender de las piraterías berberiscas la costa Oriental y Meridional de España, á merced de enemigos desde que perdimos el dominio del mar. Su primer cuidado, luego que conquistó el reino de Portugal, fué procurar la comunicación de Lisboa con Toledo por el Tajo. El 17 de Enero de 1682 llegó á esta ciudad la primera lancha partida de aquélla. En 1598, la nación y el rey en que encarnara estaban agotados. Él sucumbía en el Escorial al peso de sus setenta y un años y de su labor ciclópea. Ella, arruinada por la colonización de América, la pérdida del mar y la desorganización interna, disponíase á dejar las armas de caballero andante de la Iglesia por los hábitos monacales, la vida activa del combatiente por la existencia estática del fraile. La falta de fuerzas imponía el cambio. Además, el espíritu tampoco era el mismo. Pero Felipe II y su España habían dado leyes al mundo y ejecutado heroicamente empresas maravillosas. Aun en sus extravíos descuellan como gigantes entre los soberanos y las naciones de su tiempo. Kenf gar del uno es renegar de la otra; acusarle, acusarla; olvidarle, olvidarla. ¿Y quién será el renegado, el acusador, el olvidadizo? ¿La España de hoy, triste degeneración de ajuélla? ¡Movería á risa si no diese tanta lástima pensarlo! G. REPAKAZ DIBUJOS DE BLANCO CORIS