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quista de las costas africanas de Túnez al Estrecho, y á organizar la administración del reino. Pero Felipe 11 le encontró enredado en las luchas europeas, y no pudo ó no supo desenredarle. Además tenía que atender á la reducción y colonización de inmensas comarcas americanas y asiáticas y á la defensa de aquellos codiciados territorios. Era, como buen español de entonces, tenaz en sus empeños. Tenía, como la nación que gobernaba, una alta idea de la misión que estaba llamado á cumplir en defensa de la Iglesia de Dios y de la civilización cristiana. A esa misión había que sacrificarlo todo: hacienda y vida. Nación y rey, perfectamente identificados, cumplieron con lo que creían su deber. Censurarlos á posteriori es fácil. Dejar de admirarlos teijiendo corazón y perteneciendo á la misma raza, imposible. Los edictos contra el ejercicio de la religión de Lutero en los Países Bajos los dio Carlos V, pero apenas se cúm. plían. Quiso Felipe II que se ejecutasen puntualmente; el número de luteranos había crecido, y era, por tanto, -mayor la dificultad; además, en los señores flamencos apuntaba el deseo de mandar; el de Orange había solicitado del duque de Alba que le ayudase á obtener de Felipe I I el gobierno del ducado de Borgofia, lo que aquél no pudo ó no quiso hacer; por último, los luteranos de toda Europa ayudaban con su consejo y prometían más positivos auxilios á los revoltosos. Alzáronse al fin, pasando de Italia á Flandes á castigarlos el duque de Alba con 10.000 veteranos (ise? Este es el período épico de nuestra Historia. España pelea sola contra todos. Protestantes y mahometanos la acometen con igual saña. El año 66 cayeron sobre Malta 45.000 turcos; el 68 alzáronse, los moriscos de Granada, ayudados por los infieles de fuera y los herejes; el? 0, cuando más encendida andaba esta guerra, pone en la mar Selim II la mayor armada que jamás surcara el Mediterráaeo, atemorizando á la cristiandad; el 72 estalla la segunda rebelión de Flandes, para la que dieron dinero, tropas y jefes Inglaterra, Alemania y Francia (Leicester, el archiduque Matías, Alen on) El pueblo español no desmayó un momento. Su fe crecía con los peligros, su valor con el número de enemigos, su desprecio de los bienes de este mundo coa la falta casi absoluta de ellos en que se iba viendo. Monje armado para la más santa de las cruzadas, cuanto más apretado más se creía el elegido del Señor, el salvador de la Iglesia de Cristo. Una escuadra enviada por el virrey de Sicilia obligó á Mustafá á levantar el sitio de Malta, dejando enterrados en torno de la ciudad 30.000 hombree; los moriscos, vencidos por D. Juan de Austria y por Eequesens, fueron muertos ó internados en Castilla y dispersos; la inmensa armada de Selim 11 (240 naves con 120.000 hombres) quedó del todo desbaratada en Lepanto, la más alta ocasión que han visto los siglos; los flamencos, vencidos por el duque de Alba en Mone, por Sancho Dávila en Moock y por D. Juan de Austria en Gembloux, quedaron reducidos por Farnesio á las anegadas tierras de Zelanda, donde les sostuvo la ventaja de la situación marítima. El cruzado de Cristo no era navegante. Venció en Lepanto y en las Terceras, pero en los mares del Norte fué vencido. Sus armadas teran más costosas y de menos efecto que las de los ingleses y holandeses. La llamada Invencible (no por el rey, que nunca fué jactancioso) formábanla 132 barcos con 59.120 toneladas, 3.165 cañones y 30.000 hombres. Dio el mando al duque de Medina Sidonia, y éste fué el mayor error de su vida, porque aquel magnate era de cortísimo entendimiento, nuevo en achaques de mar, y cobarde. Pudo destruir en Plymouth la flota inglesa, y perdiendo la ocasión perdió la que mandaba, y con eUa su honra, la de España y la grandeza de su patria, que desde tal punto y hora comenzó á decaer. El otro gran error de Felipe fué la guerra con Enrique IV de Francia. Tanto como erró en esto acertó en la de Portugal, reino que heredó por muerte del cardenal D. Enrique, que además compró, haciendo grandes mercedes á los principales hidalgos, y que por último, para mayor seguridad, conquistó, sirviéndose de la espada del duque de Alba. Dobló con esta conquista la extensión de sus dominios, y acabó la obra de la reconstrucción de España. Lástima que fuese tan pasajera! Én las luchas políticas de nuestros días todos los partidos invocan la tradición, y ninguno la conoce. Para los liberales, el régimen parlamentario actual tiene un precedente directo en el sistema político de la Edad Media, y Felipe II fué el tirano que acabó con el sistema. No es verdad lo primero, ni lo segundo. En las Cortes no estaban representados más concejos que los dependientes de la corona; éstos tenían la representación que el rey quería; no se reunían sin que él las convocara, ni podían legislar. Eran una especie de gran junta consultiva. Fueron uti-