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todos los días vamos á la romería del Cubillo ó de feria á la Morana. 5 Aquel viaje de la ciudad al pueblo y del pueblo á la ciudad, era agradabilísimo en primavera; á Maruso érale dado h. artarse de verde, en tanto que Gabriela se detenía á lavar en algún arroyo el pobre hatillo de ropa blanca. El burro era listo y astuto cuanto Gabriela algo torpona y terca. jDime con quién andas 1 La poca civilidad de Gabriela parecía que se la había llevado el asno; ésta, sin querer, se la había transmitido al Maruso, porque Maruso era doctísimo en malicias. Asno de buen pelo gris -X. oscuro, que, como peto, en pecho y panza tenía una franja blan ca; avispados ojos, inquieta y significativa cola (que no merece, por lo muy intelectual y expresiva, el grotesco nombre de rabo) y orejas magníficas; no hay otra manera de decirlo, i magnificas I; amplias y agudas, admirablemente acaracoladas en su base, y- muy afiladas en sus puntas; eran sensibles, y habíalas dotado Naturaleza de movilidad tan fácil, que servían para revelar el gozo cómico de igual manera que la emoción dramática. Moza y asno vivían alegres. Pues bien; un día notó Gabriela que el asno se asustaba demasiado, poco después que no caminaba de prisa ni con la seguridad de costumbre, y al cabo de algún tiempo, cogiendo Gabriela el cuello de Maruso y poniendo su cara frente á frente de la cabeza de su burro, le miró é, los ojos y exclamó aterrada; Tié dragón! Es el mal que tié: ¡dragón! ¡Tié dragón I Apuesto á que tié dragón. Diciendo ésto, se echó á llorar, gimoteando con hipo y lamentos recios, con fuerza, que en todo la ponía su robusta naturaleza. ¡Enfermo el burro, sostén de la casa, sostén del pobre viejo! ¡Estas sí que son, estas sí que son penasl gritaba Gabriela inconsolable. ¡Pobretico MarMso ¡puede quedarse ciego 1 Viole el veterinario, y se encogió de hombros; podía ser que f aera dragón, esa larga nubécula que aparece á veces en los ojos de las bestias, ó podía ser que no fuese dragón, sino que le atacaran cataratas, y entonces no tendría cura. De esto no entendía el veterinario. Nada dijo Gabriela. Arte se dio buena para ocultar á padre la semiceguera de Maruso; salía de casa, cargaba los serones de hogazas, montaba airosamente, y canta que canta, muy alegre, emprendía el camino, conduciendo con la vara y el ronzal diestramente al asno; pero después tenía que desmontar, la mayor parte de las veces para servir de guía y llevar ella al burro como un lazarillo á un ciego. Padre llegó á preguntar qué era lo que le acaecía al Maruso, y al saber que éste estaba ya medio cegato, echóse también á llorar, más de desesperación que de pena, y dijo: -Ya no habrá más sino matarle y sacar lo que nos dieren por el pellejo. Palabras que hicieron que Gabriela se estremeciese de espanto tal, que concibió un pensamiento, y fué el de irse á la ermita del Cubillo, allá en Al di vieja; y en efecto, fuese en un carro de labradores, y llegó á la ermita, postróse ante la linda imagen de la; Virgen de los pastores, de los rudos labriegos, de los pobres y humildes. ¡Virgen mía, da vista al burro! ¡Sabes, soberana Señora, que él es nuestro sostén; sin el burro no podremos vender en la ciudad, no tenemos dineros para mercar otra bestia; padre es viejo, y yo, madre mía, no sabré remediarme! Lloró, rezó, y llena de santa fe, de esa dulce confianza que en las almas puras deja la oración, salió de la ermita, tranquila, pero aún con lágrimas en los ojos. -Galle, dijo el señor vicario, que se hallaba á la puerta de la ermita. ¡Gabriela la mingorriana! ¿Qué te trae por aquí? ¿está enfermo tu padre? Contóle Gabriela al señor vicario lo que la ocurría, y grande fué el asombro de ésta cuando oyó decir al anciano: -Pues mira, no te apenes. ¿Ciego? Mejor que mejor. Se murió el burro que teníamos; así pues, te merco yo el vuestro para ponerlo en la noria de la huerta, y ya está todo acabado. Con el dinero mercáis otro, y listos. ¡Milagro, sí, milagro! Loca de alegría tornóse al pueblo Gabriela, y á los pocos días hallábase el burro en el huertecito del Cubillo. ¡Ah! ¡Pero qué aflicción sintió Gabriela al despedirse de él! Ya atado se hallaba el pobre Maruso la noria, cuando sintió que á su cuello se prendían los brazos de su amiga. ¡Lástima es que no hubiera podido comprender las palabras que Gabriela le dirigió! -Martiso, estás ciego, ¡pobrecico! pero te quedas aquí, aquí, para servir á la Virgen, á la misma Virgen, que por nosotros ha hecho un milagro. ¡Servir á la Virgen! ¡Por ella daría los ojos, por ella he hecho una promesa: venir descalza todos los años á la romería! Luego, ya lejos de la ermita, camino del pueblo, volvió la cabeza y vio en el huer to al burro, ciego, que daba vueltas y más vueltas á la noria, y sintió la moza una profunda pena, el apenamiento mayor que hasta entonces había sentido. -Mia tú; después de todo, asina vivimos los pobres; tira que tira, cegatos y sin salir d lo mesmo, pensó sin ella hacerse cargo de la profundidad de su pensamiento. JOSÉ Z A H O N E K O DIBUJOS DE ALCALÁ GALIANO