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EL BORRIQUITO DE MINGORRÍA CUENTO OKIGINAL En Mingorría, pueblo de panaderos, que se halla á no mucha distancia de la ciudad de Avila; en Mingorría, pueblo de hornos profundos, casi siempre encendidos, que lanzan al espacio negras columnas de humo y exhalan un gratísimo olorcillo de pan caliente, vivían un viejo vendedor de pan y su hija, mozuela de dieciocho años muy floridos. -Señor Pascual, ó tío Morrafia, y Gabriela habitaban en las afueras del pueblo Una I VH Bi UUi covachita ó madriguera con honores de casa, y sólo ésta y un espacio reducidísimo H H B i M cercado de piedra y que servía de corral eran los bienes. que poseían... Es decir, hay que hablar de un asno, al cual no sabemos si comprenderle entre las propiedades ó si contarle en el número de las personas como la tercera de la familia. Años hace (aún vivía la mujer del tío Pascual) llegó al pueblo un gitano con un asna y un buchecillo. Aquélla se murió á las pocas horas de llegar á Mingorría, y el gitano enfermó de pena; y gracias á la caridad de la madre dé Gabriela, se vio asistido durante la enfermedad y curado, y por esto al despedirse el pobre zíngaro de la buensí inujer la dijo con lengua muy ceceante y palabrera; Oomarita de mi arma y de miz clisos, ipremita Dioz que oztó y tooz loz de ozté tengan zalú y güeña monea en ezta bía y dimpuéz ze vean oztéz en laz mezmaz camaritaz de la gloria á la vera de Dioz y de loz angelicoz, porque lo que ozté h a Jecho por mí la va á trae á ozté toaz laz bendisiones der sielo! Ño tengo guita ni máz que un queré y un aquél que ziento por ozté de la mu cha ley que lai tomao por zaz güenoz prbseeres pa conmigo. La burra que ze me murió era una Matusalena, y no lo poía dezimulá eya, por máz que la ha bían pintao eztaz manoz y retocao mejó que puea dir una vieja de lo mejó der zefiorío de la corte de Madril, y azina como eztaba iba yo á endirgárzela ar primé pipi que ze ij babiea dejao pezcá. Aquéya, manque viviera no ze la hubiea dejao á ozté; pero er buche ez máz jT fino cun prínsipe rial, y como he guipao que á la chavaliya de ozté le jase grasia er angélico, ahí ze lo dejo pa ricuerdo de un hombre agradesío. Esto dijo él gitano, y el buchecillo quedó en la casa y se crió con Gabriela, así como los potros sé crian con los niños en las tiendas de las kabilas del Sahara. En Gabriela fundaban Pascual y su mujer sus esperanzas, pues andando el tiempo se haría moza y podría casar bien y prestar remedio á la pobreza de sus padres; y no menos risueño sería el porvenir cuando el buchecillo se hiciese todo un burro, y entonces Pascual no tendría que alquilar una muía para llevar el pan á la ciudad en los días de mercado. Corrieron, saltaron, jagaron como dos hermanitos Gabriela y Marmo, que tal nombre dio la muchacha al asnuelo, y así, dulce é insensiblemente, la niña y el borriquillo fueron creciendo. Al año de ocurrir la muerte de la madre de Gabriela, ésta era una moza hecha, pero muy bien hecha, y derecha como el más gallardo pino de Miraflores de la Sierra. Maruso, el buche, era ya un soberbio burro (es decir, soberbio precisamente no; queremos decir que era un burro de valía) y como tío Pascual estaba ya viejo y á Gabriela, según ella decía, nadie la iba á comer aunque pensamos que no serla por falta de gana en los muchos que al verla admiraban la bizarría de la 2 í 3 moza, sino que no intentarían comérsela por temor á los buenos puños de la panadera; y en fin, cómo se hacía necesario ganar la vida, Gabriela se encargó de llevar el pan á la ciudad, y era un contento verla entrar por las magníficas puertas de la venerable muralla jinete en el borrico, ga ¿l vics- llardamente erguida entre los dos anchos serones cargados de las grandes hogazas, y con su blanco cuello y sus hermosos brazos y su rostro lozano despertando más importaba la sabrosa ciudad de los Caapetito que á la noble mercancía que ella balleros. Bien abrigada por el invierno, con los recios refajos en la cabeza, iba y venía Gabriela del pueblo á la ciudad con gran rapidez. Llevaba Maruso un trote muy vivo é iba despidiendo por sus dilatadas narices nubéculas de vapor del cálido aliento, como si caminara fumando con una pipa en la boca, ó más bien como si con el resoplido, la celeridad y el vaho hubiese querido parodiar á una locomotora. No necesitaba Maruso ni vara ni espolín. Bastábale que Gabriela le hablase. Se entendían. Arre, Maruso I iPus no te entontas tú por náa que se diga I exclamaba Gabriela; ó bien: Sóo! ¡para, Maruso! Pus no estás tú hoy poco alocaol Lo menos que s e t e figura es que