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Uno de los conflictos políticos más peliagudos es el veraneo de Romero y Silvela; porque no se trata simplemente de una cuestión departido, sino de bastante más; al fin y al cabo, si no pudiesen veranear en el mismo partido, la complicación no sería tan grande: pero es el caso que tampoco pueden veranear en la misma provincia, ni en el mismo reino, ni siquiera en la misma latitud; si uno va al Norte, otro va al Sur; si Bomero va al Este, Silvela tendrá que ir á San Isidro ó á San Justo. Lo habrán ustedes notado: el año que se anticipa Eotnero y se va á San Sebastián, S úvela veranea en Málaga; y el año que se anticipa Siltela, Romero toma el fresco en Antequera. Son dos adversarios políticos que se temen, sobre todo en el verano, que el calor exacerba los ánimos, y procuran poner tierra por medio El conflicto comienza con el primer día de calor, cuando publican los periódicos las primeras noticias de expediciones veraniegas y los primeros anuncios de persianas y sombreros de paja. Proyectan ambos ir á San Sebastián, lo propalan los íntimos de las respectivas tertulias, y un día aparece un periódico diciendo: Eí 8 r. Silvela se propone pasar el verano en la capital donostiarra; T y otro: En la capital donostiarra se propone pasar el verano el Sr. Romero. ¡Horror! exclaman al leerlo. É 1 allíl Y mandan aquella misma tarde sendos amigos oficiosos á rectificar la. noticia, y ¡es claro! al día siguiente dice el primero de los citados periódicos: e- For haber desistido de su viaje á San Sebastián, el Sr. Silvela irá á Malaga; y el segundo: lEl Sr. Romero Robledo marchará en breve á Málaga por haber desistido de su proyectado viaje á San Sebastián. Vuelta á horrorizarse y á rectificar, hasta que la casualidad, única que en este país resuelve todos los conflictos, allana también el de, los dos rivales. Pero inmediataraente surge otro nuevo: la visita de despedida á las reales personas. ¿Irá hoy Romero? ¿Irá hoy Silvela? se preguntan todas las mañanas; y así van pasando los días sin atreverse á ir el uno por temor de encontrarse al otro, hasta que al fin se deciden y ¡zas! se dan de bruces los dos con el ujier, que se queda estupefacto. Afortanadamente, la casualidad en forma de indisposición regia vuelve á resolverlo todo. Su Majestad no recibe. Sin embargo, parece que el Destino se complace en poner frente á frente á estos dos adversarios políticos hasta en los más críticos momentos