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EL CONDE DE XIQUENA En el famoso baile de trajes que los duques de Fernán líúfiez dieron en su palacio de Madrid allá por el año 1864, se presentó un apuesto joven luciendo bruñida armadura de reluciente acero. Pálido el rostro, sedosa y rizada la negra barba y en romántica melena el cabello, parecía aquel caballero una evocación de los tiempos cantados por el Romancero, y una representación, en medio de la edad moderna, de la España caballeresca en que se realizaron las hazañas que tan alto renombre dieron á nuestra nación en el pasado. Era el joven que lucía la armadura el conde de Xiquena, un Alvarez de Toledo todavía por aquel tiempo no muy conocido fuera de los círculos aristocráticos; y el traje que llevó al baile, más que disfraz caprichoso, fué expresión de la idea dominante del que le llevaba y como programa de su vida, pues el ilustre descendiente de los Bivonas ha sido durante toda su existencia lo que representó en aquella fiesta célebre: un caballero de los antiguos tiempos luchando en medio de la sociedad contemporánea. No llevaba espada, al cinto, porque esto no se usa; pero estaba dispuesto á e s g r i m i r l a siempre para defender convicciones arraigadas y puntos de honra. Fiel á sus reyes, interrumpió su luna de miel para seguirlos al destierro, y en extranjero suelo nacieron sus hijos, porque no volvió á su patria hasta que la B e s t a u r a c i ó n fué un hecho y D. Alfonso XII ocupó el trono. Sus ideas, modificadas por las lecciones de la experiencia y los efectos de la reflexión, le llevaron al campo de la libertad, donde fué un político que siguió laa huellas de los grandes señores ingleses, que uniendo la esperanza y el recuerdo han hecho tan poderoso el sistema constitucional. El que fué leal á sus reyes lo fué también á su partido, y la caballerosidad y la nobleza fueron las cualidades distintivas de su vida pública, como lo eran las virtudes de su vida privada. lío se olvidará nunca su campaña en pro de la moralidad la primera vez que fué gobernador de Madrid. Rompióse entonces el nefando contubernio, en nuestras costumbres políticas tan arraigado, entre la autoridad tolerante y el especulador de la inmoralidad dadivoso, y todas las casas de juego se cerraron, dejando de funcionar el garito. Trató de vengarse la gente de la hampa, privada de recursos, y el conde de Xiquena dio entonces grandes señales de valor y entereza, corriendo riesgos en que estuvo en peligro su vida, pero sin ceder un solo momento. La segunda vez que fué gobernador, á raíz déla muerte del malogrado D. Alfonso XII, conservó el orden público desplegando gran habilidad y. salvando situaciones verdaderamente comprometidas. Era hombre que cuando estaba empeñado en alguna empresa la consagraba todo su ser, y no tenía ni horas para el sueño ni momentos para la comida. Afable en su trato, se captaba generalmente simpatías, y tenían todos sus actos el sello del gran señor que nunca puede dejar de serlo. En puntos de honor y en asuntos de justicia era inflexible, pero en todo lo demás tolerante, y jamás cerró á las corrientes de la opinión lut puertas del Gobierno civil cuando era gobernador, ni de los ministerios cuando era ministro. Cuando tomaba con empeño una cuestión no cedía, y bien lo prueba la famosa de los ducados, que sostuvo con tanto empeño en la Cámara popular. Fué una de las figuras más salientes de la política después de la Restauración, y en Madrid especialmente, altos y bajos, todos conocían al conde de Xiquena. G r a n trasnochador cuando estaba en la oposición, frecuentador del casino, amigo de los periodistas, cuando en Madrid se decía sencillamente el Conde, ya se sabía á quién se referíp. Por no dejar de ser conde de Xiquena transmitió á su hijo el ducado de Bivona cuando le heredó de su padre, y siendo Xiquena ha muerto, sentido por cuantos le conocieron y le trataron. Deja un hijo varón de las más brillantes cualidades que ha seguido con gran aprovechamiento la carrera de Derecho, que ha entrado con buen pie en el Parlamento, donde ocupa distinguido puesto, y que en edad juvenil todavía se hace notar por fu seriedad y por su rectitud. También deja una hija, figura encantadora en la aristocracia española, dechado de belleza y de virtud que brilla en la casa ducal de Fernán- Núfiez, á la que ya ha dado herederos. Tenía al morir sesenta años y algunos días, pues nació en París el 6 de Agosto de 1838. KASABAL