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11 Al despuntar el día, los ocho batallones, descontadas las grandes guardias de servicio en la trinchera, con sus bandas á la cabeza formaban en la amplia plaza de Armas de la ciudad. Las fuerzas sabían ya que aquella mañana iban á ser atacadas, y se preguntaban con extrafieza el motivo de semejante parada al amanecer. Pero con el hábito de la disciplina esperaban en su lugar descanso, mudas, oyendo en el silencio del alba los alertas de los centinelas que, sonando con vigor los más próximos, se desvanecían hasta perderse en la lejana quietud de la Naturaleza despertándose. A la primera ojeada se advertía el precario estado de aquellas tropas, correctamente alineadas. Había en su conjunto entereza, pero no ardimiento. Adivinábase que se batirían bien, que aceptaban con la sufrida docilidad del soldado español la pelea de uno contra cinco, que cumplirían con su deber estoicamente; pero era preciso avivar su entusiasmo, hablarles al alma, hacerles olvidar que por todo desayuno, aguardándoles un día de prueba, acababan de tomar úa poco de galleta mojada en café; era preciso inflamarlos como en los extinguidos tiempos de las viejas escuelas de guerra, en que se daba á beber al combatiente aguardiente y pólvora. De pronto, sin previo aviso, las bandas se formaron en corro, y por. tanto, sin que los soldados advirtieran que se disponían á tocar, cada cual en su sitio, una aquí, otra allí, otra allá, rompieron las ocho músicas en el aire regional del respectivo batallón, saltando dos con la muifieira, dulce, lenta, melancólica en aquella hora misteriosa del despertar del día; tres con una jota vibrante, legítima aragonesa, que despedía lumbre; la de al lado también con la jota, la varonil navarra; las de más lejos con los suspiros de las sevillanas y malagueñas Armóse una a garabía mayúscula, una desarmonía tremenda, pero de una atracción y un encanto que no podía escucharse sin sentir hervir la sangre. Y todos los motivos de los aires populares, confundiéndose en un loco conjunto, producían como un gran himno nacional. Las frases intrépidas de la aragonesa iban á buscar á las tristezas de la muiñeira, y los gemidos de las peteneras se robustecían en los gritos de la jota navarra, pareciendo qa todas aquellas notas tenían vida y se estrechaban en un abrazo de fe y amor. El efecto en la tropa fué mágico. El estruendo musical hizo correr un estremecimiento por las filas, asomar muchas lágrimas. Luego, la misteriosa hora á propósito, la ocasión solemne del peligro, el lugar sagrado de la sitiada ciudad, levantó impetuoso en todos los pechos un mismo recuerdo, evocado por aquellos ecos del pueblo nativo, del hogar, de la familia, de cuanto les esperaba en la ausencia allende el mar, para cuando la campaña se acabase, y sobre sus espíritus abatidos cayó otra frescura de rocío, más fresca que la que descendía del cielo, con el chaparrón de muifieiras, de jotas, de malagueñas, fluyendo de los dorados instrumentos como de un manantial. Un soldado más atrevido lanzó un ¡ole! tímido á su banda andaluza. Tres ó cuatro soltaron á la suya gallega, sin poderse contener, los berridos del aturuxo. Los jefes, á caballo, sentíanse invadir por la confianza, que dispensaron ante lo que significaban aquellas manifestaciones estando en formación. Una fuerza inusitada, un brío formidable empujaba á los batallones. Eran otros hombres, resueltos, decididos, distintos, llenos de abnegación, ansiando vencer ó morir. Un corneta de órdenes tocó repentinamente silencio. Callaron de súbito las bandas. Era el general. Las tropas presentaron armas, y el eaiidillo, seguido de su estado mayor, avanzó á caballo por delante de los batallones. No habló nada; su voz no podía llegar á todos. íf Contentóse con erguirse sotare los estribos, con blandir la espada, con gritar con la voz rebosante de satisfecha: -1 Gracias, hijos míos! ¡Viva España I Y como si los seis mil hombres hubieran comprendido la noble estratagima de su jefe, prorrumpieron en un viva colosal, marchando luego cada batallón, animoso y alegre, á su sitio de combate, viéndolos alejarse enternecido el general con una mirada húmeda en que se z leía: Ya sabía yo que teníamos hombres en cuanto oyeran los aires de la tierra! ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJOS DE E S T E V A N