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í OÜEÍITOS DE LA GTIEESA I. GS AIRES DE LA TIERRA I I I los jefes del cuerpo sabía una palabra ni sospechaba qué. i ¡I i el general con pedirían extravagantes datos. Cuaiido les I! II le quedaron atónito bien que sin hacer observación alguna, uuU b y saludable acatamiento que la Ordenanza requiere, pero acaso pensando para sus adentros si los rigores del sitio habrían concluido por trastornar, la cabeza del héroe. Porque todo podían esperarlo menos eso. Una relación de los víveres restantes, de los proyectiles que aún, quedaban Pero no, señor. ¡Mañana van ustedes á traerme un estado de los individuos de cada batallón por las provincias en que han nacidol Y helos aquí en el palacio de la comandancia, con sus listas en el bolsillo de la guerrera, á los coroneles y tenientes coroneles, preguntándose unos á otros si habían vislumbrado por flti de lo que se trataba. -jEl general I dijo un ayudante de campo con los cordones de oro trocados en verdes por la campaña, apareciendo en la puerta del despacho. Y entró el caudillo, un prestigio ya en el ejército á los cincueiita años, pequeño de estatura, de ojos en que fulguraba la astucia y el valor frío. Como en el rostro de los jefes, que le recibieron, cuadrados, con la mano derecha, de la que pendía el bastón de mando, á la altura de la frente descubierta, se adivinaba en el del general la; penuria de la población sitiada, la aumentación mala y escasa para contrarrestar la dura vida bajo el continúo bombardeo. -Perfectamente, exclamó el general luego que, hubo examinado las listas con detención; y apuntando con un lápiz azul en una cuartilla de papel varias notas, prosiguió: -Teiiemos ocho batallones en la guarnición, que por la región que en cada uno predomina, podemos clasificar así: tres aragoneses, uno navarro, dos giliegos y dos andaluces. Perfectamente. Ahora, como leo en las caras de ustedes la estrañeza, voy á explicarles la causa de esta g; enialidad, mi plan. Pero antes permítanme una pregunta á) a que me van á contestar con entera franque ¿Ustedes creen que nuestras tropas pueden resistir con éxito un último ataque del enemigo? La respuesta fué unánime. Las fuerzas humanas tienen su límite, y las de la guarnición estaban agotadísimas. Llevaba veinticinco días á media y diez á cuarto de ración, sin agua potable, diezmada por la fiebre, como consecuéiCcia de las lluvias torrenciales seguidas de nn sol abrasador. Los soldados parecían espectro No tenían más que huesos bajo la piel. De perfil hacían más bulto las alas de sus jipijapas. Manteníanse disciplinados, eran, como siempre, harto sufridos; no se sabía que murmurasen, que hablasen á escondidas de rendirse; no habían ocurrido hasta entonces deserciones, síntomas alarmantes. Cada cual contaba siempre con su Cuerpo; pero muertos dé hambre, la situación apretaba de un modo que... El general habló entonces. No se le ocultaba la gravísima situación. Sin víveres, cortada el agua, reducidos al recinto de la ciudad, pérdidas las defensas exteriores. Su acento carecía ya de ecos en eL pecho de los soldados. Oíanle fríamente á pesar de adorarle. El día anterior notó el vacío al concluir una de sus arengas, i Cosa natural! El espíritu más fuerte se dobia. Pues. en tales: condiciones tenía que resistir un empuje formidable. El enemigo conocía por sus espías el apuro de la plaza y se proponía tomarla antes de que llegara el ejército de socorro. A la mañana siguiente sería el asalto. Era preciso resistirlo á todo trance. Saliendo bien de él estaban salvados. Las huestes que venían en su auxilio no distaban más que una jornada. Y he aquí lo que se le había ocurrido. Pero como las paredes oyen, rogó á los jefes de cuerpo que se acercasen, y en voz bájales dijo lo que proyectaba. La impresión fué unánime; ño hubo rostro que no se soririeta regocijado. ¡Eso se llamaba conocer el corazón humano I ¡Éxito segurol í